El ilustrador, que hace casi 20 años se unió a Damon Albarn para crear la banda, habla de su libro.

El regreso de Gorillaz –con el álbum ‘Humanz’ (2017), la gira mundial homónima, y el anuncio de un nuevo disco, ‘The Now Now’, el 29 de junio– estuvo entre las noticias musicales más resonantes del último año. Sus fundadores, los ingleses Damon Albarn y Jamie Hewlett, dieron así por concluido un período de silencio creativo y distanciamiento personal de siete años. 

El ‘tour’, con unas 75 fechas, los llevó por más de 25 países, de Corea del Sur a Emiratos Árabes; de Rusia a Colombia; entre más de una veintena de músicos invitados, dijeron presente la mítica Carly Simon, el rapero Mos Def y el exarchienemigo de Albarn, Noel Gallagher, de Oasis. “Fue impresionante: en 24 horas se agotaron las entradas para 17 ‘shows’ en Estados Unidos. Se ve que nos estaban esperando”, dice Hewlett, con esa típica seguridad en sí mismo que a fines de los 80 lo convirtió en uno de los niños terribles británicos más desfachatados.

A fines de los 90, Albarn y Hewlett, dos treintañeros que ya sabían de qué se trataba el éxito -Damon era líder de Blur desde 1989, mientras que Jamie había rechazado un trabajo en DC Comics tras su consagración con la serie en formato cómic ‘Tank Girl’, lanzada en 1988-, compartían un apartamento en Notting Hill. Ambos acababan de separarse de sus novias y mataban las horas de aburrimiento frente a la pantalla de televisión. “Si ves MTV durante demasiado tiempo, es un poco como el infierno: no hay nada de sustancia ahí. Así nos surgió la idea de una banda virtual que fuera una crítica a eso”, explica Hewlett en el documental ‘Bananaz’, de 2008.

De esa mezcla de tedio y ganas de sacudir el ‘statu quo’ nacieron las dos expresiones del arte que forman Gorillaz. Por un lado, la música de Albarn, un ‘mix’ de géneros, desde el rock alternativo hasta el ‘hip hop’, la electrónica y el ‘dub’, con influencias tan variadas (árabes, africanas, latinas) como los artistas que él suele invitar. Por el otro, los entrañables personajes creados por Hewlett: 2-D, Noodle, Russel y Murdoc. Durante años, ellos fueron los protagonistas del ‘show’, al punto de que Damon y su banda tenían que tocar detrás de una pantalla en la que se proyectaban los músicos virtuales.

A 18 años del lanzamiento de su primer sencillo -el inolvidable ‘Clint Eastwood’, cuyo videoclip animado tenía referencias al wéstern ‘El bueno, el malo y el feo’, pero también al cómic ‘Resident Evil’ y a la coreografía de ‘Thriller’-, Gorillaz está de vuelta. La sorpresa es que 2-D, Noodle, Russel y Murdoc no brillan como antes en el escenario, aunque sí cobran vida en otros formatos: historias multimedia, una ‘app’ de realidad aumentada, cuentas propias en Instagram y hasta un contrato exclusivo con Jaguar para Noodle, la joven guitarrista japonesa. 

 

Hewlett está acostumbrado a llamar la atención; desde sus explosivos tiempos de ‘Tank Girl’ hasta ser elegido diseñador del año (2006) por el Museo de Diseño de Londres y convocado por la prestigiosa galería Saatchi para una exposición retrospectiva en el 2015. Por eso, suena lógico que la editorial Taschen haya decidido publicar ‘En la mente de Jamie Hewlett: 25 años de creatividad, de Gorillaz a The Suggestionists’, un libro que recopila más de 400 obras del dibujante. Aunque no suele ser amigo de los reportajes, este lanzamiento editorial lo pone de buen humor para una entrevista telefónica.

¿Cómo surgió el libro?

Hace años, varias editoriales se me acercaron a decirme que tenía que hacer un libro, pero me parecía demasiado trabajo (risas). Hasta que, hace unos tres años, sentí que era el momento. Fui a ver a todos los que me habían hecho propuestas, pero nadie estaba muy emocionado. “Los libros se están muriendo”, me respondían. Excepto por Taschen, que tiene los libros más hermosos del mundo. Así empezó un trabajo superintenso de dos años, porque recién durante la última década vengo digitalizando mis ilustraciones; antes, daba mis obras a quien iba a publicarlas y ambos nos olvidábamos de la devolución. Tuve que convertirme en una especie de detective-arqueólogo para recuperar mis cosas. De todos modos, creo que en el libro solo hay un 5 por ciento de lo que hice en los últimos 25 años. Igual, está lo mejor. Hay mucha basura que no puse.

¿Cómo fue reencontrarse con su trabajo?

Fue bastante catártico ir atrás y redescubrir lo que había hecho. Esas ilustraciones son como un diario, dicen mucho de mí. Las veo y me recuerdan dónde estaba cuando las dibujé, con quiénes salía, qué música oía. Fue conmovedor. Pero el proceso también me hizo dar cuenta de lo viejo que estoy. Me consideraba joven, pero de repente caí: ¡Este año cumplí 50! Fue una cachetada en la cara. A pesar de todo, es un mimo enorme al ego pasar meses enteros mirando el trabajo propio. De repente, me quedaba absorto en un dibujo durante horas. Uno no puede hacer eso muchas veces en la vida. 

¿Lo sorprendió más encontrar una esencia que no cambió o su evolución como artista?

Diría que vi más la evolución, pero amigos que vieron el libro me dijeron: “Esto es tan tú”, para referirse a unos pinos que dibujé de joven. Es algo muy diferente de lo que hice después, pero ellos identifican el mismo espíritu. Cuando pienso en mi trabajo no veo una obra y rememoro qué éxito tuvo, sino que estoy más enfocado en la parte técnica. Soy bastante ‘nerd’, pienso cosas como: “Ah, acá usé un lápiz HB”. Me obsesiona ver la técnica que usaba en ese momento y si la logré dominar, o si me cansé y pasé a otra cosa.

¿Es un adicto al trabajo?

Dibujo todos los días: es mi droga. Aunque no siempre lo disfruto. Cuando la cosa va bien, estoy feliz. Pero cuando va mal es espantoso. El trabajo controla mi estado de ánimo. Hay días en los que salgo del estudio gritando: “¡Es horrible!” Entonces, mi esposa me mira, me sirve un vaso de vino y me reconforta como a un nené.

¿Cómo es ser un artista visual que trabaja en la industria musical?

Mucho más difícil. Los demás no entienden cuánto tiempo lleva crear y animar un videoclip, por ejemplo. Entonces, se pasan dos semanas discutiendo sobre qué ‘single’ lanzar, y una vez que lo deciden, me dicen: “Bueno, para la semana que viene tienes todo, ¿no?” Están locos. 

Trabajar con Albarn debe ser un desafío...

Mi relación con Damon es muy intensa. Es la única persona con la que puedo ser 100 por ciento honesto, y a él le pasa lo mismo conmigo. Es algo genial porque no perdemos tiempo. La dinámica es más o menos así: uno sugiere algo, el otro dice que es una pésima idea, entonces nos mandamos a la mierda y, en medio de la pelea, eventualmente llegamos a una gran solución. Así nos pasamos 13 años, así que ambos necesitábamos un recreo después de ‘Plastic Beach’. Ahora estamos de vuelta y es buenísimo. Tengo mucha suerte: Damon hace música fantástica, es muy fácil inspirarse para dibujar con sus canciones.

¿Qué los llevó a volver?

Lanzamos ‘Demon Days’ después del 11 de septiembre del 2001. Ahora sentíamos que el mundo había vuelto a cambiar, que estaban pasando cosas terribles y que podíamos decir algo. Además, extrañaba a Damon, nuestro proceso creativo y los personajes. A través de ellos podíamos decir cosas que queríamos sacar, pero sin dar sermones: casi como mandar mensajes subliminales a través de las canciones y las imágenes. Fuente : El Tiempo

 

Un parque de esculturas en Chengdu, de 500 kilómetros, alojará una escultura de Joaquín Restrepo. 

Desde hace varios años, el artista colombiano Joaquín Restrepo estuvo coqueteando con China, un país que lo atraía bastante, hasta que logró llevar su obra a la Feria de Arte de Shanghái. Fue allí donde vio lo receptivos que eran los chinos con su obra y con él mismo.

 

Restrepo, de 33 años, aclara que lo dice sin ser pretencioso. “En China hay una magia, pero a menudo me dicen que por qué voy allá si van a copiar mi obra. ¡Qué van a hacerlo! Yo todavía no he hecho nombre y si algún día lo hacen, va a ser el día más feliz del mundo, porque significa que mi carrera va por el camino que tiene que ir”, dice.

Esa misma atracción por ese país y la buena recepción de sus obras, fueron las que hicieron que, después de presentar sus esculturas de bronce en el Riverside Art Museum, de Pekín, de la mano de la galería bogotana LGM y la Embajada de Colombia en China, el gobierno lo invitara a construir una obra de gran formato en un parque de esculturas, que tendrá una extensión de 500 kilómetros, en Chengdu. 

Esta es la noticia de su vida, pues no es solo la oportunidad de seguir desarrollando su trabajo en China, sino que se trata de un proyecto tremendamente ambicioso sin limites de altura y de materiales. 

“He estado estudiando la cultura china y sé qué quiero lograr. Siempre he soñado con hacer una escultura monumental que logre dialogar con la gente. Cuando ves una pieza gigante te sientes pequeño y eso dispara un sentido del asombro que no lo logra nada más”, explica.

Además, aclara que el mérito será más de los trabajadores chinos que apoyarán su trabajo. “Son maravillas de la ingeniería que no son mías, sino de alguien más. Yo haré la obra en 3D y estaré detrás de todo el proceso”. 

Restrepo, quien estudió artes plásticas en la Universidad de los Andes, cree que las esculturas se vuelven puntos de recuerdos.

“Es el lugar donde el esposo le propuso matrimonio a su esposa, donde la gente dice: yo estuve en ese país porque conocí ese lugar específico. Esa es la magia de ese tipo de obras gigantes, son como un punto de peregrinación”, añade.

También, pretende generar un diálogo entre Chingdu y Bogotá, a través de la creación de una obra gemela en Colombia. Aunque no sabe cuándo lo hará, asegura que esperará el tiempo que sea necesario para llevarla a cabo. 

Por ahora, se sabe que las obras que estarán en el parque de Chengdu empezarán su construcción en agosto y se presentarán en noviembre de este año.  Fuente : El Tiempo

 

 

 

Velia Vidal Romero, directora de la corporación educativa y cultural Motete, promovió la primera Fiesta de la lectura del Chocó, iniciativa civil del departamento con mayor analfabetismo en el país.   

 

 

Contrario a lo que proyecta la Organización de los Estados Iberoamericanos, OEI, con el apoyo del Ministerio de Educación para el 2018 en Colombia: “convertirlo en un territorio libre de analfabetismo”, los índices del Chocó, un lugar golpeado por el conflicto, muestran una constante: la negligencia. Además de liderar los más bajos niveles en cobertura y rendimiento educativo, esta región está entre los primeros lugares de la lista de departamentos con necesidades básicas insatisfechas, trabaja por salir de alí.

Por eso, celebró la primera edición de un encuentro en torno a la lectura en Quibdó, capital del departamento, que también registra el índice de mayor consumo de alcohol en todo el país –esto por encima de Antioquia, que ocupa el primer lugar en consumo de drogas ilícitas–, según el último estudio del Observatorio de Drogas en Colombia y que sí fue noticia.

El actual conflicto con el ELN, la presencia de las bandas asociadas a la minería, el tráfico de armas y estupefacientes, además de muchas problemáticas que van a persistir, son pugnas ordinarias en la vida común de los chocoanos y son corrientes en la agenda mediática. Así que regresar a una narrativa atractiva que los identifique de manera idiosincrásica, y que esté en sintonía con los requisitos de la meta de un organismo de cooperación internacional, tomará tiempo.

Así lo explica Velia Vidal Romero, directora de la corporación educativa y cultural Motete, quien al promover la primera Fiesta de la lectura y escritura del Chocó – Flecho (marzo 2018) -, sabe que como ciudadanos y gestores no es prudente esperar a que se fortalezca la institucionalidad hasta el punto de que ocurran las iniciativas. Basta con la voluntad, aduce, de encontrarse alrededor de una idea, en un espacio, con una mesa y dos sillas, a las que después se sumarán espectadores.

La Secretaría de Educación de Quibdó funciona bien, según Vidal, aunque sin un área dedicada a la promoción y fomento de lectura y escritura. A pesar de los incipientes esfuerzos apoyados por el Plan Nacional de Lectura y Escritura, PNLE, en cuyos objetivos está el de acompañar a las instituciones para que desde su autonomía promuevan y posicionen acciones; recuerda Vidal cuando trabajaba en Medellín, por ejemplo, en el Parque Biblioteca Fernando Botero, en San Cristóbal, donde eran 18 personas las que tenía a su cargo, de manera que entiende aunque no justifica, y en proporción, el alcance de las intenciones.

“Tanto el Ministerio de Educación como el Ministerio de Cultura han hecho un gran esfuerzo por hacer presencia en el Chocó con todas las estrategias, pero esto queda supeditado a las instituciones educativas porque, infortunadamente, Quibdó no tiene una Secretaría de Cultura y al no haber un ente local que pueda tener interlocución fluida con uno nacional, lo que pueden hacer lo hacen directamente y no de manera extensiva, de modo que no trasciende”, asegura.

De otro lado, es reconocible que en tanto la cadena del libro tiene un enfoque muy comercial, y pese a que la Fiesta de la Lectura del Chocó es un ejercicio de descentralización, Vidal sabe que si las necesidades básicas del cuerpo están insatisfechas, se entendería que difícilmente Quibdó sea el escenario más atrayente para una librería o editorial, además de tener las tasas de analfabetismo más altas, por encima de la media del país.  

“Los esfuerzo por promover el consumo del libro y por garantizar el derecho a la lectura deberían venir desde la institucionalidad. Ahora, ¿por qué no se trabaja en políticas públicas? Quibdó es un municipio que está en quiebra, oficialmente, no es una especulación, entonces se garantiza el funcionamiento y a través de regalías se financian otras cosas, pero como en todo el país la pirámide de las necesidades está invertida, entonces la cultura siempre termina siendo lo menos relevante, ¿no?”, cuestiona.

Para los gestores de este proyecto es importante retomar la forma auténtica de narrarse, razón por la que no se quedan quietos, pues por todos los golpes del conflicto, las historias alrededor del Chocó han sido de victimización y de carencia (naturaleza frecuente), así que urgen las formas orgánicas de leerse, que tienen que ver con la relación con la tierra, la relación con el agua, las tradiciones, las representaciones espirituales, entre otras, aunque tomará tiempo regresar a ellas. Fuente : El Espectador.

La quinta entrega de la saga del Robert Langdon tiene como telón de fondo España.

La saga protagonizada por el profesor de simbología Robert Langdon transcurre entre Bilbao, Sevilla, Madrid y Barcelona y su autor la ve como "una carta de amor a España".

Se los 8,8 millones de ejemplares vendidos, medio millón corresponden a su traducción al español, según informó Editorial Planeta.

 

A lo largo de la trama, el lector recorre escenarios como el Monasterio de Montserrat, La Pedrera, la Sagrada Familia, el Museo Guggenheim de Bilbao, el Palacio Real de Madrid o la Catedral de Sevilla. 

Langdon acude en esta ocasión al Museo Guggenheim de Bilbao para asistir a un "transcendental anuncio que cambiará la faz de la ciencia para siempre", en una velada en la que el anfitrión es el joven multimillonario Edmond Kirsch, antiguo alumno suyo.

La obra, después de 22 semanas, ocupa las primeras plazas de las listas de libros más vendidos en castellano, está en el primer puesto de los libros más vendidos del New York Times y también es número uno en países como Colombia, Dinamarca, Países Bajos, Reino Unido, Portugal y Suecia. Fuente : El Tiempo

 

 

 

La idea busca unir fuerzas para la promoción de la lectura y el libro.

Así lo anunció la Cámara Colombiana del Libro, cuya iniciativa cuenta con el reconocimiento del Ministerio de Cultura.

A través de esta red, también se espera “crear alianzas estratégicas, el intercambio de experiencias y la comunicación constante, para crear los mejores escenarios en cada ciudad, región o municipio”, anota la Cámara en un comunicado.

 

De la red hacen parte las ferias de literarias de Bogotá, Bucaramanga, Cali, Cúcuta, Ipiales, Manizales, Medellín, Montería, Neiva, Pasto y Pereira.

“Apoyar las Ferias del Libro nacionales es promover la creación de espacios transformadores de la sociedad en los que confluyen todos los actores de la cadena editorial (autores, agentes, editores, distribuidores, libreros, etc.) creando un eje conductor entre el libro y sus lectores”, anota la Cámara.

Las ferias del libro de 2017 en cifras

- Más de 1 millón 400 mil personas acudieron a las distintas ferias del libro que se realizaron en las ciudades que componen la Red: Bogotá, Bucaramanga, Cúcuta, Medellín, Pasto, Ipiales, Neiva, Pereira, Manizales, Cali y Montería.
- Las ferias unidas sumaron 66 días de eventos alrededor del libro en 2017.
- Tuvieron más de 2.800 actividades de programación cultural.
- Las visitaron más de mil autores locales, nacionales e internacionales.
- Participan más de 500 actores de la cadena del libro involucrados.
- Cuentan con más de 400 expositores, entre libreros y editores y distribuidores.
- En total, se vendieron 1.215.000 libros.
Fuente: El Tiempo.

 

El letrero de “Se arrienda” sobre la fachada del Museo de Arte Moderno de Bogotá puso sobre la mesa la difícil situación de muchos museos de Colombia, que a diario buscan recursos para mantenerse.

Los bogotanos que pasaban por el centro de la ciudad el pasado 5 de febrero se llevaron una sorpresa cuando vieron varios avisos de “Se arrienda” sobre la fachada del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo). Muchos, indignados ante la posibilidad de que la institución estuviera en riesgo, subieron fotos y comentarios críticos a las redes sociales. Los rumores llegaron a las emisoras y, en pocas horas, el país ya debatía si se trataba de una acción artística o de una medida real que, en plata blanca, significaba la posible desaparición de una de las entidades culturales más reconocidas del país.

Luego se supo que se trataba de una campaña (o un ejercicio, como lo llamaron) para mostrar la magnitud de la difícil situación financiera del museo e invitar a las personas y a las empresas a sumarse al programa de membrecías y patrocinios. Pero en el ambiente quedó una gran preocupación. No es un secreto que el MamBo, fundado en 1962 por la crítica de arte Marta Traba, lleva un tiempo en una difícil situación. Claudia Hakim, quien lo dirige desde abril de 2016, repite, siempre que puede, que la plata no alcanza. “El museo no es viable –le dijo hace un año a SEMANA–. Yo podría cerrarlo en este momento, pero me la estoy jugando con mi tiempo, con mi salud, a punta de trasnochadas y de angustia por sacarlo adelante”.

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Es cierto que el Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Bogotá entregan unos recursos cada año, pero sirven para financiar exposiciones y proyectos artísticos. Por cuenta de la institución corren los servicios, el pago del personal y el mantenimiento del edificio sede del museo desde 1985, creación del arquitecto Rogelio Salmona. Y aunque desde el año pasado el MamBo remodeló su sede, montó una tienda propia, arrendó el espacio para un restaurante y renovó su programa de exposiciones para acercarse a un nuevo público, todavía llegan meses en los que no tienen para pagar la nómina. Calculan que al año necesitan 1.500 millones de pesos. “Lo que yo recibo en taquilla, más la tienda que pusimos de artesanías, más lo que paga el restaurante me da el 30 por ciento de lo que necesita el museo para mantenerse mensualmente. Me faltaría el 70 por ciento”, explica Hakim.

Y la situación del MamBo se repite en muchos museos colombianos que cada cierto tiempo viven crisis económicas. De hecho, según las cifras del Programa de Fortalecimiento de Museos (PFM) del Ministerio de Cultura, más de la mitad no lograron el punto de equilibrio en 2016. Es decir, no son financieramente sostenibles. “Lo más complicado es el manejo de la caja, el flujo de recursos, es difícil sostener los edificios o hacer renovación tecnológica. La taquilla y el parqueadero nunca alcanzan”, explica María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia. 

Hay que entender, sin embargo, que no todos funcionan igual. Según las cifras del PFM, el 53 por ciento de los museos colombianos son privados (aunque sin ánimo de lucro), el 42 por ciento son públicos y el 5 por ciento, mixtos. Las entidades del Estado (Ministerio de Cultura, Gobernaciones, Alcaldías o universidades públicas) financian la mayor parte de la operación de los museos públicos, aunque estos también suelen buscar apoyo financiero en las empresas privadas y donaciones. Es el caso del Museo Nacional, el más antiguo del país, que recibe el 68 por ciento de sus recursos del ministerio y que tiene el apoyo de la Asociación de Amigos del Museo Nacional, una entidad privada sin ánimo de lucro que canaliza el 32 por ciento restante, a través de aportes de compañías, alquileres de espacios y venta de otros servicios.

En el caso de los museos privados el tema es más complicado. La mayoría –a diferencia de unos pocos patrocinados completamente por empresas – debe gestionar donaciones, patrocinios y sobrevivir con lo que da la taquilla o la tienda. Es el caso del MamBo, el Museo de Arte Moderno de Medellín (MamM), el Museo de Antioquia, La Tertulia y muchos otros. Estos también reciben recursos públicos cuando participan de las convocatorias de las Secretarías de Cultura, las Alcaldías o el ministerio (que entrega recursos a las organizaciones culturales que presentan proyectos a través del Programa Nacional de Concertación), pero deben destinarlos a programas específicos y no sirven para pagar el día a día de la operación. 

La clave, como cuenta Juliana Restrepo, directora de Idartes y, quien estuvo cinco años a la cabeza del MamM, es la creatividad: “Los museos tienen que desarrollar programas y servicios innovadores, y presentarse ante la ciudad no como entidades pasivas, sino como actores con las puertas abiertas, que ofrezcan talleres, visitas guiadas y todo tipo de espacios”.

Algunos han logrado hacer las cosas bien. El museo La Tertulia, de Cali, por ejemplo, tuvo una crisis económica en 2009 que lo llevó a cerrar sus puertas, pues no tenía para pagar los servicios ni las obligaciones. Pero durante los últimos años no solo logró estabilizar un poco sus cifras, sino que aumentó el número de visitantes (la cantidad creció un 103 por ciento entre 2010 y 2017). La clave, además de una renovación de sus programas y de la estrategia para comunicarse con la gente, fue lograr el apoyo de la Alcaldía, las entidades privadas y las embajadas.

El Museo de Arte Moderno de Medellín, por su parte, ha logrado que el 45 por ciento de sus ingresos provengan del sector privado. Y aunque las donaciones de las empresas han disminuido –pues varias de ellas prefieren focalizar las inversiones en áreas relacionadas con su negocio–, tienen un programa de patrocinios que ha logrado atraer a varias. Además, les ofrecen otro tipo de servicios como talleres de arte para sus empleados o regalos con el logo del museo o la imagen de alguna de sus obras para sus clientes.

 

La entidad amplió sus instalaciones hace dos años y hoy tiene espacios como una sala de cine y una tienda propia que también genera recursos. Y, como hacen varios de los museos incluyendo el MamBo, también alquilan algunos espacios y ofrecen membrecías para personas que, con una mensualidad o anualidad, pueden acceder a algunas exposiciones y servicios del museo gratuitamente. Otros, como el Museo de Arte Moderno de Barranquilla (MAMB) –que es gratuito–, optan por organizar ferias o subastas para financiar sus gastos cotidianos.

En el fondo, sin embargo, muchos creen que la mayoría de las dificultades tienen que ver con el papel que la sociedad colombiana le da a la cultura, y en especial al arte. “Muchos en el sector privado consideran que las artes plásticas son la cereza del pastel –dice María Belén Sáez, directora de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional y del Museo de Arte de la misma entidad–. Y eso es debido a que el propio gobierno no le presta ninguna importancia. Eso se contagia en la sociedad”. De hecho, el presupuesto para cultura disminuyó este año y eso influye en la plata que le llega a todo el sector.

 

Solo hay que ver lo que pasa en Nueva York, una ciudad en la que el arte y la cultura ocupan un lugar preponderante. Allí las grandes familias, las empresas y algunos millonarios consideran un honor donar su plata a museos como el MoMA, y la sociedad los reconoce por eso. Lo más importante es entender que el éxito de un museo no solo depende de quien lo dirige, sino de toda la sociedad: los ciudadanos, las empresas, el gobierno y los medios de comunicación. Al fin y al cabo, su labor los beneficia a todos. Fuente : Semana