“O nos reformamos o nos reforman”. Esa célebre frase, pronunciada por Fabio Valencia al tomar posesión como presidente del Senado en 1998, se me vino a la cabeza a raíz de los últimos incidentes bochornosos en el Congreso de la República. Casi dos décadas después, y con todo lo sucedido en tantos años, la triste realidad es que no ha pasado ni lo uno ni lo otro. Y hoy estamos pagando las consecuencias.

Si bien el papel del Legislativo a lo largo del tortuoso camino del fast track ha sido deplorable, peló el cobre con la reforma política. La propuesta original, presentada por la comisión de expertos designada en desarrollo del Acuerdo del Teatro Colón que amplía el pluralismo político y moderniza el sistema electoral para garantizar la transparencia, poco a poco, con cada debate, fue quedando mutilada. Se eliminaron aspectos claves como la financiación de las campañas, un nuevo tribunal electoral y las listas cerradas para corporaciones públicas, entre muchos otros.

La estocada final fue en contra de las coaliciones para las corporaciones públicas, que sin duda le darían un nuevo aire al debate electoral, particularmente a los sectores minoritarios. Pero eso es precisamente a lo que más le temen los partidos tradicionales, miedo seguramente exacerbado tras los resultados en Yopal.

El presidente de la Cámara, Rodrigo Lara, lo dijo de frente: las coaliciones fueron un “intento oportunista de resolver las afugias electorales de la izquierda”, lo cual no sólo refleja mezquindad y arrogancia, sino que desconoce lo obvio: si una reforma busca abrirle espacios de participación política a quienes no la han tenido, los beneficiados serán precisamente quienes no la han tenido, es decir, la izquierda. No olvidemos que Colombia es el único país de Suramérica que nunca ha tenido un gobierno de izquierda.

Más bien, Lara prefirió beneficiar a su partido, Cambio Radical, que no es más que la misma derecha liberal del tío abuelo de su jefe, Vargas Lleras, quien pactó con Laureano Gómez el Frente Nacional para perpetuar a los partidos tradicionales en el poder.

Es hasta entendible que las mayorías corruptas y clientelistas se sientan amenazadas por el ascenso de nuevos actores, la independencia del órgano electoral, el control sobre sus finanzas y la transparencia de las votaciones, es decir, por la apertura democrática. Lo cierto es que les importa un bledo incumplir un aspecto central del punto dos de los acuerdos de La Habana, aunque sea una tarea pendiente de la democracia colombiana.

Pero es realmente insólito el desprecio que demostró tener el Congreso por las víctimas, con el lamentable desenlace de las Circunscripciones Especiales Transitorias de Paz, diseñadas para darle representación a los territorios más golpeadas por el conflicto. Se dejó lo más importante para última hora y en vez de poner la cara, muchos optaron por el ausentismo descarado. Como profesor, sé que es grave cuando los alumnos no asisten a clase, pero es mucho peor si faltan al examen final.

Hoy por hoy, las Circunscripciones Especiales siguen en el limbo, pese a que el presidente Santos dice, con razón, que ya fueron aprobadas. Pero aun lográndose, estos espacios tan importantes ya nacerán de manera atropellada. Con fecha límite del 11 de diciembre para la inscripción, el proceso de selección de candidatos necesariamente se hará a las patadas.

Somos un país presidencialista, y por eso la atención por estos días suele estar concentrada en las encuestas sobre candidaturas presidenciales. Pero en el calendario, marzo viene antes que mayo. Aunque sin duda las elecciones presidenciales del año entrante serán cruciales, las del Parlamento son tan o aun más importantes para el futuro del país.

Además de demostrar lo poco que le importa la paz, la democracia o las víctimas, es evidente que el Congreso no parece percibir, y menos entender, el repudio creciente y generalizado de la gente del común frente a la clase política y la politiquería tradicional. El altísimo número de candidaturas, la gran mayoría por firmas, es sólo un síntoma más de la crisis de la política.

La teoría democrática dice que las elecciones deben tener “reglas ciertas y resultados inciertos”. En Colombia, solía ser al revés: “reglas inciertas y resultados ciertos”. Ahora, al menos hemos avanzado hacia “reglas inciertas y resultados inciertos”.

Es obvio que el Congreso de hoy no va a reformar la política ni reformarse a sí mismo. Aprovechemos el despelote actual y la ira ciudadana acumulada para cambiarlo de pies a cabeza. ¡Fuera los mismos con las mismas! ¡Reformémoslo sacándolos a todos! Fuente : El Espectador

Los ciudadanos tienen derecho a conocer que en algunos temas los dueños de los medios tienen intereses en las informaciones que presentan y, aún más, que esos intereses -particulares y legítimos– pueden ir en contravía del interés público.

Poder económico, poder político y poder mediático se han asociado para que en Colombia se aplace y asordine un debate que se empieza a dar en el mundo entero: ¿es perjudicial el azúcar para la salud? No el consumo excesivo, simplemente el habitual. Hace unos días, The New York Times publicó las evidencias de que un estudio científico –hecho hace más de 50 años– fue engavetado porque demostraba que el consumo de azúcar está asociado con dolencias cardiovasculares y cáncer de vejiga, entre otras enfermedades.

Eso que sucedió en Estados Unidos ha tenido su reflejo en Colombia en al menos tres ocasiones recientes. La primera, relacionada con una multa impuesta por la Superintendencia de Industria y Comercio a los ingenios azucareros; la segunda, por una iniciativa para cobrar impuesto a las gaseosas; y la tercera, por la censura a una campaña publicitaria que se proponía mostrar los efectos del consumo de azúcar.

La Silla Vacía –que hace el mejor periodismo digital de Colombia– ha insistido, muchas veces de manera solitaria, en la necesidad de que se hable francamente de los intereses involucrados en este asunto.

Los colombianos no han tenido suficiente información sobre el tema, en buena medida porque importantes actores de la industria azucarera tienen una influencia en los contenidos informativos que reciben los ciudadanos porque son dueños de medios o porque son anunciadores.

La Organización Ardila Lülle, uno de los principales grupos económicos del país, es el más grande productor azucarero de Colombia. Es dueña, entre otras empresas, de los Ingenios Incauca y Providencia; también lo es de Postobón, la mayor productora nacional de gaseosas, y de varios medios de comunicación entre los que están el Canal RCN, la cadena radial RCN y el diario La República.

La discusión es relevante porque los ciudadanos tienen derecho a conocer que en algunos temas los dueños de los medios tienen intereses en las informaciones que presentan y, aún más, que esos intereses –particulares y legítimos– pueden ir en contravía del interés público.

Tres ejemplos sirven para ilustrar la necesidad de que la gente sepa quién está detrás de las informaciones. Al terminar el año 2015, la Superindustria impuso cuantiosas multas a ingenios azucareros y a sus directivos. El entonces vocero jurídico de los azucareros, Néstor Humberto Martínez, fue condescendientemente entrevistado en el Canal RCN.

–La superintendencia impuso unas multas multimillonarias pasando por un lado lo que la ley ordena en esta materia –afirmaba el abogado en la entrevista. Ante lo cual el periodista le lanzó una bola suave:

–¿Esto desconocería la jurisprudencia del Consejo de Estado, Sección Primera y Sala Plena, en el tema de dosimetría de sanciones a empresas?

–Es inequívoco –respondió complacido el entrevistado– al momento de sancionar y poner las multas y graduarlas, no tuvo en cuenta los criterios de ley.

Por : Juán Pablo Calvás.

Sadismo: crueldad refinada con placer de quien la ejecuta (Real Academia Española)

¡Padres y madres del mañana, redimíos! ¡Detened vuestras intenciones reproductivas! ¡Pensad en el mal que le hacéis al prójimo!

Hago un llamado desde esta humilde tribuna con el fin de generar consciencia sobre una realidad que es dolorosa, pero cierta: es mejor no tener hijos en estos tiempos. No se trata de promover un nuevo maltusianismo ni entrar en el peliagudo asunto del control demográfico. Esta es una reflexión personal. Si acaso una reflexión en pareja. Cada uno según su conciencia.

 
 

Seré enfático: considero unos sádicos a aquellos que sueñan con ilusión sobre ese momento de gloria que implica tener hijos. Igualmente, me espantan hasta el horror aquellos que ya están esperando con ansias la llegada de un nuevo retoño y creen que lo que viene es un camino de pétalos de rosa, pavimentado con pañales y biberones. Y digo que son sádicos no porque vea en el espíritu de los padres del mañana un aire a maltratadores de niños. Ni más faltaba. Les digo sádicos porque esos niños que van a traer al planeta tendrán que vivir tremendas penurias cuando lleguen a la edad adulta, y ni qué decir cuando lleguen a la tercera edad. Sadismo es disfrutar del sufrimiento del otro, y, hoy por hoy, traer un niño al planeta es traerlo a sufrir.

Somos afortunados. Quienes hoy habitamos la Tierra seremos los últimos en verla tal y como está. Con unas temperaturas soportables, unos campos fértiles y unas casi inagotables fuentes de agua. Aún hoy es posible vivir en el trópico sin morir por causa de temperaturas que en poco superarán los 40 o 43 grados centígrados. El nivel del mar no ha subido hasta hacer desaparecer ciudades enteras. Las especies animales y vegetales de hoy aún garantizan un equilibrio necesario para el mundo.

Tenemos suerte, aún vivimos en un mundo vivible, a pesar de las dificultades diarias que trae la existencia misma. 

Sin embargo, eso no será así para los bebés que vienen en camino. A ellos les espera una vida marcada por el reloj del cambio climático, la amenaza terrorista, los peligrosos nacionalismos, la amenaza de la inteligencia artificial y el temor a una guerra nuclear (como el que ya vivimos por culpa de Estados Unidos y Corea del Norte). Nada será tan fácil como hoy, perdonen el pesimismo.

Es mejor no tener hijos en estos tiempos. No lo haga por usted, ni por su pareja. Hágalo por el niño o niña por venir

Que las tensiones entre los países podrán reducirse y el temor a la guerra, disminuir. Seguro que sí. Que lograremos controlar a los terroristas. Tal vez. ¿Pero de qué va a importar eso cuando el eje de los problemas se traslade de un campo ideológico hacia lo esencial, como lo es la alimentación?

Ya poco importará si el presidente es Santos, Uribe, el hijo de Uribe o el heredero de Pastrana. De nada habrá servido el pelear porque sí o porque no contra la JEP. Nuestros hijos (bueno, nuestros no, porque yo no voy a tener) tendrán que preocuparse y vivir en la angustia de saber si habrá agua para beber al día siguiente. Tal vez ya no haya tantas frutas para poner en los platos y mucha menos carne para el almuerzo. En fin, ellos tendrán que vivir la catástrofe que nosotros y nuestros mayores ignoraron.

¿Y qué hacer entonces?

Si me lo pregunta: no tenga hijos. No lo haga por usted, ni por su pareja. Seguro les hace ilusión el ver a ese hermoso retoño, producto de la carga genética de ambos. No lo culpo, así es nuestra especie. Pero le insisto, no tenga hijos. Hágalo por el niño o niña por venir. No es justo que usted le imponga a otra persona la condena de vivir en un mundo imposible. Eso es ser sádico, y creo que ni usted ni su pareja lo son.

#PreguntaSuelta: ¿en serio vamos a seguir guardando silencio ante el intimidante inicio de las exploraciones de hidrocarburos con uso de ‘fracking’?

JUAN PABLO CALVÁS@Colombiascopio

A raíz de la indignación que sigue causando el escándalo de acoso sexual por parte del productor de Hollywood Harvey Weinstein, me he encontrado en distintas reuniones donde sale a la luz la discusión sobre el sexismo. Me llama la atención que en los diferentes ámbitos profesionales, académicos y familiares siempre hay alguien, por lo general alguna mujer, que dice: “Pero si las mujeres son las más machistas”. Como esta frase es completamente contraintuitiva, pues equivaldría a decir que los negros son los más racistas o los judíos los más antisemitas, quise pensar a qué se refieren quienes la afirman con tanta certeza.

Los números muestran que, en todos los países excepto Islandia, que acaba de aprobar una ley para igualar salarios, las mujeres ganan significativamente menos que los hombres. Siguen siendo los hombres quienes poseen la mayor cantidad de propiedad privada y riqueza mundial. Además, siguen mandando en política, y cuando no mandan en el hogar, porque sus mujeres son más competentes y exitosas que ellos, muchos se sienten amenazados en lugar de afortunados. Pero lo peor de todo, y es este punto el que hace la frase sobre el machismo de las mujeres más extraña, es que miles de hombres siguen abusando, violando y maltratando mujeres impunemente.

Quienes defienden el machismo de las mujeres alegan que hay mujeres que discriminan a otras, que hay quienes se sienten cómodas en su posición de subordinación, o que se requiere que las mujeres permitan en algo el maltrato para que este en efecto ocurra. Pero lo que no entienden, o no quieren ver, es que ese “en algo” está muy matizado por la posición de subordinación en la que se encuentra la mujer desde la infancia. Es muy difícil salirse del impulso de la sociedad, la religión, la cultura, y, de repente, como por obra y gracia del espíritu santo, convertirse en un feminista independiente y de vanguardia.

Estamos en una ola de protesta por todos los abusos que como mujeres hemos y seguimos sufriendo. Vale la pena que, mujeres y hombres, mantengamos vivo el impulso. Hacer comentarios sobre el machismo de las mujeres desvía por completo el debate y, como siempre, termina por revictimizar y culpar a la mujer de lo que le ocurre. Como en todos los crímenes, el primer sospechoso es siempre quien se beneficia de ellos. ¿Cómo pueden las mujeres salir ganando de que las rebajen, las infantilicen, las objetualicen, las excluyan y las maltraten? 

Por : Catalina Uribe

(Fuente: El Espectador)

“Colombianos honestos: acá un voto tuyo bastará para salvarnos. Corrupción política, RIP, brille para ti la oscuridad perpetua”.

¿De dónde sale esta ininteligible y extravagante frase? ¿Qué significa? Parece un eslogan de campaña política que quedó cojo. O el fragmento de un discurso veintejuliero de algún candidato popular. Tal vez se trate de un misterioso conjuro que debemos pronunciar todos los colombianos a la medianoche del 31 de diciembre de este año para acabar con la, en apariencia, eterna corrupción que ahoga a nuestro país. ¡Pues, no! Ni lo uno ni lo otro. Esas palabras que aparecen más arriba entre comillas son el nombre de un movimiento político de aquellos que quieren llegar a disputar las elecciones del próximo año en las urnas.

 

Así como lo lee: “Colombianos honestos: acá un voto tuyo bastará para salvarnos. Corrupción política, RIP, brille para ti la oscuridad perpetua” es el nombre de uno de esos grupos significativos de ciudadanos que han llegado a la Registraduría Nacional para inscribirse e iniciar el proceso de recolección de firmas que garantizarían que uno o varios candidatos puedan presentarse bajo esa bandera en los próximos comicios.

En lo particular, este no solo llama la atención por lo largo, también lo hace porque en su nombre, el movimiento invita a votar por él; porque utiliza una de las abreviaturas más usadas en el ámbito funerario (RIP –requiescat in pace–) y porque el cierre del nombre del movimiento está inspirado en una frase de aquellas oraciones que se elevan al cielo luego del fallecimiento de una persona. En fin, este movimiento encarna esa amalgama de realidades que han dejado al descubierto todos esos grupos significativos de ciudadanos que quieren llegar a las urnas el próximo año gracias a un proceso de recolección de firmas: mucho color, mucha diversidad y, en algunos casos, poca sustancia.

Ya no sabe uno si esto es en serio o en broma, pero con las firmas esto se salió de madre.

Y es que más allá del inconveniente que tanta recolección de firmas representa para la organización electoral en términos logísticos y de costos, vale la pena quedarse con algunos de los nombres propuestos en los tales movimientos y así evaluar qué tanta seriedad hay tras dichas candidaturas.

Colombia Lectora
Este grupo, que busca recoger firmas para el precandidato a la presidencia Jaime Bedoya Montoya, procura replicar en el ámbito nacional lo que Bedoya intenta hacer desde su librería en Envigado: que los libros roten más que los billetes en el país. Objetivo loable, pero ¿qué otra propuesta hay en su plan de gobierno?
Mosoicol
El movimiento social de Eivar Galindez a la presidencia, quien promete casas por decreto para todos los colombianos, convertir el agua de mar en agua potable y, además, abolir los impuestos. Así las cosas, ¿de dónde saldrá la plata para las demás maravillas? Vaya usted a saber.
Serecracia
Grupo que busca inscribir por firmas al candidato Fabio Antonio Forero, promotor de una generación de paz que pretende despertar al gran ser. Sí... al gran ser.
Son decenas de inscritos para la recolección de firmas, pero no todos aspiran a la presidencia. De hecho, el movimiento con el que abrimos esta columna busca inscribir candidatos al Congreso. Y ese mismo camino lo emprenderán el Movimiento Existencialista Hambre de Buen Vivir, el Movimiento El Mono o el Movimiento O Positivo.
Ya no sabe uno si esto es en serio o en broma, pero con las firmas esto se salió de madre.
(Fuente: El Tiempo)

Varios estudios plantean la relación directa entre el cambio climático, los terremotos y huracanes.

La comunidad científica había llegado al convencimiento de que los terremotos no tenían relación con el cambio climático. No obstante, con ocasión de los seísmos de México, la preocupación ha vuelto. Y todo parece indicar que se comprueba una vez más que todo tiene que ver con todo. Las ciencias de la Tierra son complejas, y en su dinámica intervienen variables de orden físico y químico. A esto hay que agregar el factor humano.

 
 

Naomi Oreskes analizó cerca de mil artículos científicos sobre cambio climático en 2004, y el resultado fue que ninguno ponía en duda la injerencia del hombre en el problema. De manera que asistimos a la primera era geológica en que una especie, la nuestra, ha modificado irreversiblemente las condiciones físicas y químicas de la Tierra. Por eso, el debate sobre si los terremotos se pueden acentuar debido al calentamiento ha vuelto a ocupar la atención de los científicos.

Asistimos a la primera era geológica en que una especie, la nuestra, ha modificado irreversiblemente las condiciones físicas y químicas de la Tierra.

Quizá el primero en publicar sobre el asunto fue el investigador Chi-Ching Liu, del Instituto de Ciencias de la Tierra de Taipéi. Escribió en la revista Nature (2009) que había una relación entre los tifones que atraviesan Taiwán y los pequeños terremotos bajo la isla. Shimon Wdowinski, de la Universidad de Miami, cree que las lluvias torrenciales (caso Miami, 2017) inciden en los terremotos. Anotó que muchos de estos suceden luego de poderosos huracanes o tifones (casos Haití, 2010 y Nepal, 2015). Otros, como Hugh Tuffen, de la Universidad de Lancaster, y Freysteinn Sigmundsson, del Centro de Vulcanología Nórdica, están relacionando la actividad de los volcanes con el aumento de la temperatura promedio de la Tierra. Pero, quizá quien va más lejos es Bill McGuire, un académico recientemente nombrado profesor emérito de Geophysical & Climate Hazards en University College of London. Publica un libro (Waking the Giant: How a Changing Climate Triggers Earthquakes, Tsunamis, Oxford University Press, 2012) en el que plantea la relación directa entre el cambio climático, los terremotos, los huracanes y tsunamis.

En realidad, nada de esto debería extrañarnos si tenemos en cuenta la unidad sistémica de la Tierra, ya documentada por Lovelock en su teoría Gaia (1984). Mucho menos si recordamos a Whitman (siempre la clarividencia de la poesía): “Para mí, una hoja de hierba no es menos que la trayectoria de las estrellas”.
Por: Manuel Guzmán Hennessey

@guzmanhennessey