Aplicada a la justicia, la ‘empanada’ sería el consecuencialismo extremo, la improvisación.

 

La rama de la filosofía que se ocupa de la ética nos habla de distintas maneras de saber si una acción es buena o mala. Por una parte está la deontología, que se atiene a principios o reglas universales. Su mayor exponente fue Immanuel Kant. Si usted se pasa un semáforo en rojo a las 3 de la mañana y lo detiene un agente de tránsito kantiano, de nada valdrá que le diga que no venían más carros y que su infracción no le hace daño a nadie, el agente le responderá que las normas son para cumplirlas.

Por otra parte está el consecuencialismo, que juzga los actos según sus consecuencias. Para los consecuencialistas, el fin a veces justifica los medios. Decir una mentira, por ejemplo, puede ser bueno si gracias a ella se salva una vida.

Colombia, como todo Estado de derecho, presume de ser una sociedad deontológica. Pero en realidad recurre frecuentemente al consecuencialismo. Fue el caso del acuerdo con las Farc. Con tal de ponerle fin a la confrontación, se justificó aligerar las penas para culpables de delitos graves e, incluso, crear una justicia especial solo para ellos.

El joven al que se le aplicó un comparendo de más de 800.000 pesos –un salario mínimo– por comprar una empanada en la calle fue víctima de la deontología: dura lex, sed lex. La reacción de la sociedad, en cambio, fue consecuencialista. Se criticó una sanción tan severa para algo tan baladí, se invocó el derecho al trabajo de los vendedores informales, se adujo que la policía está para cosas más urgentes que fiscalizar fritos, etc.

Como muchos, mi primera reacción fue de indignación bufa. El castigo, a todas luces, era absurdo. Pero mientras más lo pienso, menos defendible encuentro esa posición. Hay un quisquilloso reglamentista en mi interior que le está ganando el argumento al ciudadano solidario que también llevo dentro y ha obtenido buena parte de su sustento calórico de empanadas de esquina. La razón es que el mal uso del espacio público puede considerarse una infracción similar en gravedad, por ejemplo, a pasarse un semáforo en rojo. Y, como sociedad, hemos decidido que esa infracción no es tolerable, así más nadie esté usando la vía, pues las excepciones arbitrarias a las reglas, aun cuando parezcan inocentes, sabotean la justicia. Mi reglamentista interior, ya lo habrán adivinado, no gana concursos de simpatía.

Una forma de zanjar el problema sería reducir el precio de la formalidad, que en Colombia es muy alto. El vendedor callejero no puede asumir la carga de impuestos, permisos y regulaciones que se le exigen, pues su negocio sería inviable. La solución no es obligarlo a formalizarse a cualquier costo, sino facilitar ese proceso creando una normativa que ampare a los informales sin destruir su fuente de trabajo.

Pero, para exigir, el Estado también debe cumplir. Hace unos días leía en la prensa sobre un joven con 24 años y 14 capturas judiciales, varias de ellas por delitos graves como extorsión y asesinato, pese a lo cual gozaba de casa por cárcel. La noticia era su presunta participación en una masacre de cinco personas. El Estado tuvo múltiples oportunidades de poner a este criminal en serie tras las rejas y evitar muchas muertes, pero no lo hizo. ¿Cómo puede esperarse que la ciudadanía respete una justicia así?

En el habla coloquial de partes del Caribe colombiano, una ‘empanada’, además del conocido alimento frito u horneado, es un trabajo mal hecho, de mala calidad: una chambonada. Un mal mecánico arregla todo a punta de ‘empanadas’, y sálvese usted del cirujano que practica ‘empanadas’ en el quirófano. Aplicada a la justicia, la ‘empanada’ sería el consecuencialismo extremo, la improvisación, la arbitrariedad: lo contrario de la deontología. Una crocante descripción de nuestro aparato legal.
Por: Thierry Ways


Fuente: Eltiempo.com

Por : Vladdo @VLADDO

Sería imposible contabilizar los llamados hechos por tantos medios, académicos, dirigentes sociales, líderes gremiales o analistas políticos a votar con responsabilidad. Cada vez que hay una cita en las urnas se convoca a los ciudadanos a elegir a conciencia, a no vender el voto, a informarse, a revisar la trayectoria de los candidatos, a discutir las propuestas, etcétera. Sin embargo, al final de cada jornada electoral, la conclusión es siempre la misma: contra el clientelismo, contra los vicios de la vieja política, contra las grandes maquinarias, no hay nada que hacer. 

En medio de la corrupción que nos carcome, decir que las del 11 de marzo son unas elecciones cruciales suena a disco rayado. De todas las formas habidas y por haber hablamos en contra de ese flagelo, por cierto sobrediagnosticado, pero cuyos tentáculos son más fuertes que los principios de todos esos funcionarios, congresistas, mandatarios regionales y locales, empresarios y demás avivatos que se enriquecen a costa del erario, a sabiendas de que en el peor de los casos, si descubren sus fechorías, podrán llegar a un conveniente acuerdo con la Fiscalía que, después de unos cuantos años en casa por cárcel, les permitirá disfrutar de sus fortunas mal habidas. ¿No es cierto, señor Lyons? ¿Estoy exagerando, doctor Néstor Humberto?

Todos quisiéramos ver en el Capitolio unos representantes y senadores que no cayeran en las garras de la corrupción, que actuaran sin veleidades guerreristas ni autoritarias, que respaldaran las reivindicaciones sociales, comprometidos con la equidad, que rechazaran la homofobia y defendieran el medio ambiente. Eso sería lo ideal. Pero, por desgracia, el día de elecciones quienes tienen en sus manos la posibilidad de escoger a los mejores prefieren quedarse en casa viendo televisión, irse a cine o clavarse en las pantallas de sus computadores y sus celulares, mientras mascullan su descontento. Y después se indignan porque todo sigue igual...

A su vez, los partidos poco o nada hacen por erradicar de sus filas las malas yerbas; al fin y al cabo saben que a los ciudadanos todo los tiene sin cuidado. Para la muestra, basta el botón de Rodriguito Lara, quien como director de Cambio Radical desestimó las numerosas advertencias que se le hicieron sobre Oneida Pinto y, en claros gestos de desdén, posaba muy sonriente con su candidata a la gobernación de La Guajira, a la que acompañaba feliz en sus correrías. Luego pasó lo que pasó, la señora Pinto fue destituida y es procesada por corrupción, mientras el irreconocible hijo del inmolado Rodrigo Lara Bonilla sigue su camino muy campante y es cabeza de lista para el Senado. Aquí no ha pasado nada.

Y lo mismo ocurre en otros partidos, cuyos dirigentes miran para otro lado cuando son confrontados por respaldar a personajes de dudosa reputación. Recordemos, por ejemplo, que Jorge Enrique Robledo defendió hasta último momento a los hermanos Moreno Rojas, involucrados hasta las orejas en el caso de la corrupción en Bogotá.
Y ni qué decir de Álvaro Uribe, muchos de cuyos colaboradores más cercanos han sido destituidos, juzgados, condenados y extraditados, por múltiples delitos. No obstante, en plena campaña, el expresidente imparte lecciones de ‘honorabilidá y trasparencia’ y se le llena la boca hablando de acabar la corrupción.

Lo peor es que todos esos políticos de viejo cuño saben que tienen asegurados sus votos –por la vía de la convicción o de la transacción– y que no les va a pasar nada; porque los que podrían desequilibrar la balanza, en vez de salir a votar por un cambio, prefieren quedarse con los brazos cruzados o renegando por Twitter.

Las advertencias de académicos, dirigentes sociales, líderes gremiales o analistas políticos, otra vez, van a caer en suelo estéril.  Fuente : El Tiempo

 

Es un garrotazo al bolsillo el cobro predial. Es exagerado, trágico para miles de jubilados.

 

A unas profesoras de colegio, en el supermercado, les prometí hacer eco de su protesta. Pero antes hago la mía: me burlo de los sabios que aplican las tarifas del predial en Bogotá. Es un garrotazo al bolsillo el cobro predial que circula. Es exagerado, trágico para miles de jubilados. Debo pagar cinco y medio millones de pesos por mi apartamento de 103 m², donde vivo hace 34 años, edificio gastadito con calles rotas al frente. Es un garrotazo. Hay enojos dramáticos. Salían carísimas las obras porque cobraban un 17 % para el ‘lobista’ que consiguió el contrato pasadito de millones y sin auditoría. Punto.

 

Vuelvo a las profesoras del supermercado. Ellas denuncian que 180.000 colegiales de Cundinamarca no están recibiendo los alimentos porque los contratistas están retardando el contrato. Hoy, miles de colegiales van felices a estudiar porque juegan pelota, alguito aprenden y aseguran el almuerzo. Los presidenciales, entre ellos Marta Lucía Ramírez, deben opinar de ese drama, pero en serio, sin frases alegres. Ese problemón multimillonario, por su mal manejo, le trajo mucho descrédito a este gobierno, lo politizaron y hubo ‘tumbis’ millonarios.

Dos personajes hacen noticia: el expresidente Álvaro Uribe y el líder del Polo don Iván Cepeda.Los separa todo en política e ideología, pero los acerca algo: ambos denuncian persecución y daño de su imagen. Demandó a Cepeda el expresidente Uribe, y el senador demandó al expresidente. No pueden verse ni en pintura. Punto.

"Ese problemón multimillonario, por su mal manejo, le trajo mucho descrédito a este gobierno, lo politizaron y hubo ‘tumbis’ millo"
 
Tema en la peluquería señorera: EL TIEMPO, porque contó que una niña, de 11 años, en Buenos Aires, era coqueteada, vía chat, por un corrompido de 26 que le pedía fotos desnuda. El papá se enteró, le siguió el cuento, lo citó en una calle y le pegó a ese cochino 87 trompadones, que nunca olvidará, y circulan sus fotos sangrando. En la peluquería, ellas aplaudieron; yo no, pero abrazo al papá por calmado; otro lo incendia. Punto.

Es noticia mundial que los ‘elenos’ siguen reventando el tubo petrolero y así envenenan ríos, cosechas y ranchos campesinos. Maricarmen comentó: “Esos lunáticos guerrillos son comodones, roban, matonean, tienen mozas, trago, tienda y mandan”.

Pilas: veo venir fraude electoral. La Misión de Observación Electoral, dirigida por Alejandra Barrios, denunció problemas en 82 municipios. Eso es serio, trae violencia. No cometan torpezas. ¡Sean ineptos, pero no todos!

PONCHO RENTERÍA Fuente: El Tiempo

Nota previa. Cuando ya había escrito esta columna, parece confirmarse la autoría del Eln de estas acciones terroristas, que merecen repudio y rechazo. Los errores en la negociación con las Farc están pasando, dolorosamente, una factura multiplicada a través del espejo de las mesas de diálogo. La retórica gubernamental no conjura el dolor de las víctimas ni la angustia nacional. ¿Qué va a hacer, señor Presidente? ¿Va a suspender el proceso con el Eln o a abortarlo? ¿O va a insistir en el diálogo? ¿Cuáles son sus líneas rojas y argumentos para insistir o desistir de este proceso? A continuación, les dejo el texto original de mi columna.

 

Domingo triste en el que escribo esta columna. Los cobardes y criminales atentados terroristas de Barranquilla, Soledad y Bolívar entrañan una doble tragedia. Por una parte, el inmenso drama humano de las familias que perdieron a sus hijos, padres y hermanos o que hoy están orando por sus vidas con pronósticos inciertos. Es el dolor de la viudez o la orfandad. Es el dolor que causa una muerte repentina y cruel de un ser querido.

Y, por otra parte, la tragedia a la que ha llegado este país en el que un hecho terrorista se convierte en herramienta para seguir profundizando los odios y las divisiones entre los colombianos, cuando deberíamos estar construyendo caminos de unión para enfrentar entre todos al terrorismo. Deberíamos aprender de las lecciones de la historia. En épocas electorales, como esta, el terrorismo se nutre también de quienes pretenden aprovechar políticamente estos episodios, bien para levantar popularidades caídas o para conseguir votos frescos.

¿Por qué Barranquilla? ¿Por qué Soledad? ¿Por qué en el precarnaval? ¿Por qué el sur de Bolívar? ¿Con cuáles explosivos? ¿Por qué desplazándose desde Bogotá? ¿Es una venganza, una advertencia o es que quieren fortalecer su posición en la mesa de diálogo doblegando otra vez al Gobierno? ¿Es una muestra de poderío o de debilidad? 

El terrorismo está de regreso en un entorno de deterioro de la capacidad de acción del Estado, que no fue capaz de ocupar los espacios que dejaban las Farc induciendo un mal llamado posconflicto que se caracteriza por el descontrol de disidencias de las Farc, Eln, ‘bacrim’, narcos mexicanos y brasileños, entre otras organizaciones criminales de todo pelambre, que endurecieron su accionar para quedarse con una mayor tajada de los negocios ilícitos.

El terrorismo está de regreso en un complejo entorno de deterioro de seguridad ciudadana. De desmantelamiento de las redes de cooperantes con las instituciones para preservar los entornos seguros. De desconfianza ante la capacidad de las instituciones. De paquidermia en la justicia ordinaria para condenar a los criminales. De desmoralización ante la impunidad de los reincidentes y de criminales de lesa humanidad.

El terrorismo está de regreso en un complejo entorno de polarización política, desprestigio institucional y oportunismo electoral. De señales confusas sobre la impunidad y las penas para los terroristas y para los criminales de lesa humanidad. De Gobierno empacando maletas en medio de una campaña presidencial llena de incertidumbres y de amenazas de toda índole.

Ante estas circunstancias, a los terroristas les queda más fácil alcanzar su propósito. La voz debe ser una sola. Unificada y potente para rechazar de manera contundente su accionar, respaldar a las víctimas y exigir del Estado, sin mezquindades, viejas facturas ni cálculos de coyuntura electoral, las acciones efectivas y los correctivos necesarios para prevenir el terrorismo y evitar la impunidad por los hechos atroces.

Queremos respuestas claras. Acciones prontas. No más pésames proforma. No más condolencias televisadas. Queremos que no se oculten los hechos. Queremos que avancen las investigaciones. Queremos que se tomen las decisiones correctas con firmeza, prontitud y con sentido de patria. Paz en la tumba de nuestros mártires.

En ese mundo paralelo de internet existe la leyenda bastante difundida de que la red garantiza la libertad de expresión, para que todos tengamos acceso irrestricto a la información. De hecho, esta es una de las creencias más extendidas pero no del todo sustentadas, como pasa con muchos otros ejemplos del universo virtual. Por ahí derecho, nos han metido también el cuento de que gracias a la red mundial –y en particular a las plataformas sociales– todos podemos expresar con absoluta libertad nuestros puntos de vista.

 

Nada más distante de la realidad. Por una parte, la norma que obligaba a los proveedores de servicios de internet y a los gobiernos a darles el mismo tratamiento a todos los internautas fue borrada de un plumazo por Trump hace pocos días, poniendo fin de esa manera a lo que se conocía como la neutralidad de la red. Eso significa, ni más ni menos, que a partir de ahora los operadores de Estados Unidos pueden privilegiar el acceso a ciertos sitios o portales, o darles trato de VIP a determinados contenidos, de acuerdo con sus intereses. 

Si en Colombia siguiéramos ese mal ejemplo, cosa que no debería sorprendernos, esa norma les permitiría a las operadoras ralentizar, bloquear o imponer restricciones para el acceso a contenidos que no sean de su interés o que cada empresa –bajo sus propios parámetros– considere ‘inadecuados’ o ‘inconvenientes’. También podría traducirse en un aumento de tarifas para navegar en plataformas específicas; como Netflix, por citar un caso. En síntesis, correríamos el riesgo de terminar convertidos en internautas de primera y de segunda categoría.

Según Twitter, las cuentas de personajes como Trump tienen un estatus especial; así violen de frente los dichosos ‘términos de uso’ de la red social.

Como si lo anterior fuera de poca monta, hay otro factor de discriminación que entre los usuarios de Twitter era un secreto a voces. Resulta que dicha empresa, tan estricta con la aceptación de sus términos y condiciones de uso cuando se trata de ciudadanos de a pie, a la hora de lidiar con alguien como Trump, se convierte en un manso cordero.

Luego de las múltiples solicitudes para que llamaran al orden al remedo de presidente gringo, considerando el mal uso que hace de su cuenta, Twitter decidió abordar sin rodeos el problema, pero no para tomar algún correctivo, sino para confirmar que para ellos Trump es intocable.

Las protestas contra la forma en que el magnate usa y abusa de dicha red no calaron en los cuarteles generales de San Francisco, desde donde el viernes pasado expidieron uno de los comunicados más decepcionantes que una plataforma social podría haber hecho. Según ellos –palabra más, palabra menos–, las cuentas de líderes mundiales tienen un estatus especial en la red social. O sea que a pesar de que se pasen por la faja sus propias normas y regulaciones, esos personajes están blindados. 

De modo que el cuestionado sucesor de Obama puede seguir dedicado a ofender, insultar y desinformar a sus ciudadanos; a fustigar a sus excolaboradores; a descalificar a mandatarios extranjeros; a intimidar a los inmigrantes; a llevar al planeta al borde de una nueva guerra mundial, y, lo más grave de todo, a embrutecer a sus seguidores, mientras Twitter le garantiza total impunidad. Lo único que explica semejante reacción tan absurda es el interés de la empresa del señor Dorsey en conservar los clics que generan sujetos tan carentes de escrúpulos y de criterio como Donald Trump. 

Lo peor es que esa decisión servirá también como patente de corso para que nuestro Trump paisa siga publicando en sus trinos coordenadas militares, así pongan en riesgo la seguridad nacional; cadáveres ensangrentados de soldados, para desacreditar el proceso de paz; o calumnias contra periodistas, a los cuales puede acusar de violadores o de terroristas, sin ninguna preocupación.

¡Qué decepción, Twitter; qué decepción!

Antes de ver un noticiero, piense si usted se merece tanto desprecio por su inteligencia y ética.

“Mi único consejo es simple: no vean los noticieros de televisión. Cambien de canal. Apaguen el televisor. Hablen con sus padres. Llamen a la novia. Jueguen videojuegos. Lean el ‘Quijote’. Pero no les presten atención a las noticias”. Esto dijo Alejandro Gaviria en un discurso pronunciado en la ceremonia de grado de la Universidad EIA, de Antioquia, el pasado 12 de diciembre.

 
 

Gaviria es el riguroso ministro de Salud actual, un intelectual de verdad porque le gusta vincularse con la realidad, argumentar y pensar distinto. Con este discurso nos lleva a pensar por qué es “malo para la salud mental” ver noticieros de televisión. He aquí sus razones: 

1. Las noticias son repetitivas, exasperantes. La música apocalíptica de la apertura presagia que algo extraordinario ha ocurrido. Pero la verdad es otra, casi nunca pasa nada. Las noticias son las mismas día tras día. Rutinarias, predecibles, un inventario de la miseria humana: asesinatos, violaciones, robos, actos de corrupción, etc. 

Los noticieros se han convertido en versiones audiovisuales de los tabloides: sangre en la portada, 'soft' porno en la contraportada y, en el medio, las fechorías de políticos. Esa carga de negatividad diaria nos va convirtiendo en espectadores sin memoria.

2. Si quieren entender el mundo, no vean las noticias. Las noticias se ocupan del estruendo, el escándalo y la tragedia individual. Pero el cambio social es gradual, parsimonioso, acumulativo y, por lo tanto, invisible. No suscita titulares. No genera emociones. No vende. 

En nuestro país, por ejemplo, la tasa de pobreza es la menor de la historia. La tasa de homicidio, la menor en 40 años. La mortalidad infantil ha disminuido sustancialmente. La desnutrición también ha descendido. Pero la mayoría piensa que estamos viviendo en el peor de los tiempos, en medio de un desastre sin nombre. 

Los noticieros han creado una suerte de pesimismo artificial… De negativismo por reflejo. Sin contexto, sin análisis y sin investigación, cada tragedia se presenta como el resumen de una esencia, como la regla, no como la excepción.

3. Los noticieros sobrevaloran la política, las leyes y los pronunciamientos de congresistas, jefes de organismos de control y ministros (me incluyo). 

Las leyes, por ejemplo, no cambian el mundo. Algunas veces son más una forma de evasión que un instrumento para la solución de los problemas. 

La política se caracteriza con frecuencia por la máxima grandilocuencia y la mínima eficacia. Los noticieros tristemente amplifican la farsa. Buena parte de la vida ocurre por fuera de la política. 

Las reflexiones de Alejandro Gaviria ‘mal-copiadas’ aquí nos ponen a pensar. Por eso, antes de ver el noticiero, piense si usted se merece tanto desprecio por su inteligencia y ética. 

¿Por qué no ver las noticias de TV? Porque “puede hacerlos ligeramente más felices. Levemente más optimistas acerca de nuestro mundo, nuestro tiempo y nuestro país”, aconseja Gaviria. Los que quieran leer el texto completo, basta con buscar ‘No vean las noticias + Alejandro Gaviria’ y lo encontrarán. Fuente : El Tiempo