El ilustrador, que hace casi 20 años se unió a Damon Albarn para crear la banda, habla de su libro.

El regreso de Gorillaz –con el álbum ‘Humanz’ (2017), la gira mundial homónima, y el anuncio de un nuevo disco, ‘The Now Now’, el 29 de junio– estuvo entre las noticias musicales más resonantes del último año. Sus fundadores, los ingleses Damon Albarn y Jamie Hewlett, dieron así por concluido un período de silencio creativo y distanciamiento personal de siete años. 

El ‘tour’, con unas 75 fechas, los llevó por más de 25 países, de Corea del Sur a Emiratos Árabes; de Rusia a Colombia; entre más de una veintena de músicos invitados, dijeron presente la mítica Carly Simon, el rapero Mos Def y el exarchienemigo de Albarn, Noel Gallagher, de Oasis. “Fue impresionante: en 24 horas se agotaron las entradas para 17 ‘shows’ en Estados Unidos. Se ve que nos estaban esperando”, dice Hewlett, con esa típica seguridad en sí mismo que a fines de los 80 lo convirtió en uno de los niños terribles británicos más desfachatados.

A fines de los 90, Albarn y Hewlett, dos treintañeros que ya sabían de qué se trataba el éxito -Damon era líder de Blur desde 1989, mientras que Jamie había rechazado un trabajo en DC Comics tras su consagración con la serie en formato cómic ‘Tank Girl’, lanzada en 1988-, compartían un apartamento en Notting Hill. Ambos acababan de separarse de sus novias y mataban las horas de aburrimiento frente a la pantalla de televisión. “Si ves MTV durante demasiado tiempo, es un poco como el infierno: no hay nada de sustancia ahí. Así nos surgió la idea de una banda virtual que fuera una crítica a eso”, explica Hewlett en el documental ‘Bananaz’, de 2008.

De esa mezcla de tedio y ganas de sacudir el ‘statu quo’ nacieron las dos expresiones del arte que forman Gorillaz. Por un lado, la música de Albarn, un ‘mix’ de géneros, desde el rock alternativo hasta el ‘hip hop’, la electrónica y el ‘dub’, con influencias tan variadas (árabes, africanas, latinas) como los artistas que él suele invitar. Por el otro, los entrañables personajes creados por Hewlett: 2-D, Noodle, Russel y Murdoc. Durante años, ellos fueron los protagonistas del ‘show’, al punto de que Damon y su banda tenían que tocar detrás de una pantalla en la que se proyectaban los músicos virtuales.

A 18 años del lanzamiento de su primer sencillo -el inolvidable ‘Clint Eastwood’, cuyo videoclip animado tenía referencias al wéstern ‘El bueno, el malo y el feo’, pero también al cómic ‘Resident Evil’ y a la coreografía de ‘Thriller’-, Gorillaz está de vuelta. La sorpresa es que 2-D, Noodle, Russel y Murdoc no brillan como antes en el escenario, aunque sí cobran vida en otros formatos: historias multimedia, una ‘app’ de realidad aumentada, cuentas propias en Instagram y hasta un contrato exclusivo con Jaguar para Noodle, la joven guitarrista japonesa. 

 

Hewlett está acostumbrado a llamar la atención; desde sus explosivos tiempos de ‘Tank Girl’ hasta ser elegido diseñador del año (2006) por el Museo de Diseño de Londres y convocado por la prestigiosa galería Saatchi para una exposición retrospectiva en el 2015. Por eso, suena lógico que la editorial Taschen haya decidido publicar ‘En la mente de Jamie Hewlett: 25 años de creatividad, de Gorillaz a The Suggestionists’, un libro que recopila más de 400 obras del dibujante. Aunque no suele ser amigo de los reportajes, este lanzamiento editorial lo pone de buen humor para una entrevista telefónica.

¿Cómo surgió el libro?

Hace años, varias editoriales se me acercaron a decirme que tenía que hacer un libro, pero me parecía demasiado trabajo (risas). Hasta que, hace unos tres años, sentí que era el momento. Fui a ver a todos los que me habían hecho propuestas, pero nadie estaba muy emocionado. “Los libros se están muriendo”, me respondían. Excepto por Taschen, que tiene los libros más hermosos del mundo. Así empezó un trabajo superintenso de dos años, porque recién durante la última década vengo digitalizando mis ilustraciones; antes, daba mis obras a quien iba a publicarlas y ambos nos olvidábamos de la devolución. Tuve que convertirme en una especie de detective-arqueólogo para recuperar mis cosas. De todos modos, creo que en el libro solo hay un 5 por ciento de lo que hice en los últimos 25 años. Igual, está lo mejor. Hay mucha basura que no puse.

¿Cómo fue reencontrarse con su trabajo?

Fue bastante catártico ir atrás y redescubrir lo que había hecho. Esas ilustraciones son como un diario, dicen mucho de mí. Las veo y me recuerdan dónde estaba cuando las dibujé, con quiénes salía, qué música oía. Fue conmovedor. Pero el proceso también me hizo dar cuenta de lo viejo que estoy. Me consideraba joven, pero de repente caí: ¡Este año cumplí 50! Fue una cachetada en la cara. A pesar de todo, es un mimo enorme al ego pasar meses enteros mirando el trabajo propio. De repente, me quedaba absorto en un dibujo durante horas. Uno no puede hacer eso muchas veces en la vida. 

¿Lo sorprendió más encontrar una esencia que no cambió o su evolución como artista?

Diría que vi más la evolución, pero amigos que vieron el libro me dijeron: “Esto es tan tú”, para referirse a unos pinos que dibujé de joven. Es algo muy diferente de lo que hice después, pero ellos identifican el mismo espíritu. Cuando pienso en mi trabajo no veo una obra y rememoro qué éxito tuvo, sino que estoy más enfocado en la parte técnica. Soy bastante ‘nerd’, pienso cosas como: “Ah, acá usé un lápiz HB”. Me obsesiona ver la técnica que usaba en ese momento y si la logré dominar, o si me cansé y pasé a otra cosa.

¿Es un adicto al trabajo?

Dibujo todos los días: es mi droga. Aunque no siempre lo disfruto. Cuando la cosa va bien, estoy feliz. Pero cuando va mal es espantoso. El trabajo controla mi estado de ánimo. Hay días en los que salgo del estudio gritando: “¡Es horrible!” Entonces, mi esposa me mira, me sirve un vaso de vino y me reconforta como a un nené.

¿Cómo es ser un artista visual que trabaja en la industria musical?

Mucho más difícil. Los demás no entienden cuánto tiempo lleva crear y animar un videoclip, por ejemplo. Entonces, se pasan dos semanas discutiendo sobre qué ‘single’ lanzar, y una vez que lo deciden, me dicen: “Bueno, para la semana que viene tienes todo, ¿no?” Están locos. 

Trabajar con Albarn debe ser un desafío...

Mi relación con Damon es muy intensa. Es la única persona con la que puedo ser 100 por ciento honesto, y a él le pasa lo mismo conmigo. Es algo genial porque no perdemos tiempo. La dinámica es más o menos así: uno sugiere algo, el otro dice que es una pésima idea, entonces nos mandamos a la mierda y, en medio de la pelea, eventualmente llegamos a una gran solución. Así nos pasamos 13 años, así que ambos necesitábamos un recreo después de ‘Plastic Beach’. Ahora estamos de vuelta y es buenísimo. Tengo mucha suerte: Damon hace música fantástica, es muy fácil inspirarse para dibujar con sus canciones.

¿Qué los llevó a volver?

Lanzamos ‘Demon Days’ después del 11 de septiembre del 2001. Ahora sentíamos que el mundo había vuelto a cambiar, que estaban pasando cosas terribles y que podíamos decir algo. Además, extrañaba a Damon, nuestro proceso creativo y los personajes. A través de ellos podíamos decir cosas que queríamos sacar, pero sin dar sermones: casi como mandar mensajes subliminales a través de las canciones y las imágenes. Fuente : El Tiempo