Por : Vladdo @VLADDO

Sería imposible contabilizar los llamados hechos por tantos medios, académicos, dirigentes sociales, líderes gremiales o analistas políticos a votar con responsabilidad. Cada vez que hay una cita en las urnas se convoca a los ciudadanos a elegir a conciencia, a no vender el voto, a informarse, a revisar la trayectoria de los candidatos, a discutir las propuestas, etcétera. Sin embargo, al final de cada jornada electoral, la conclusión es siempre la misma: contra el clientelismo, contra los vicios de la vieja política, contra las grandes maquinarias, no hay nada que hacer. 

En medio de la corrupción que nos carcome, decir que las del 11 de marzo son unas elecciones cruciales suena a disco rayado. De todas las formas habidas y por haber hablamos en contra de ese flagelo, por cierto sobrediagnosticado, pero cuyos tentáculos son más fuertes que los principios de todos esos funcionarios, congresistas, mandatarios regionales y locales, empresarios y demás avivatos que se enriquecen a costa del erario, a sabiendas de que en el peor de los casos, si descubren sus fechorías, podrán llegar a un conveniente acuerdo con la Fiscalía que, después de unos cuantos años en casa por cárcel, les permitirá disfrutar de sus fortunas mal habidas. ¿No es cierto, señor Lyons? ¿Estoy exagerando, doctor Néstor Humberto?

Todos quisiéramos ver en el Capitolio unos representantes y senadores que no cayeran en las garras de la corrupción, que actuaran sin veleidades guerreristas ni autoritarias, que respaldaran las reivindicaciones sociales, comprometidos con la equidad, que rechazaran la homofobia y defendieran el medio ambiente. Eso sería lo ideal. Pero, por desgracia, el día de elecciones quienes tienen en sus manos la posibilidad de escoger a los mejores prefieren quedarse en casa viendo televisión, irse a cine o clavarse en las pantallas de sus computadores y sus celulares, mientras mascullan su descontento. Y después se indignan porque todo sigue igual...

A su vez, los partidos poco o nada hacen por erradicar de sus filas las malas yerbas; al fin y al cabo saben que a los ciudadanos todo los tiene sin cuidado. Para la muestra, basta el botón de Rodriguito Lara, quien como director de Cambio Radical desestimó las numerosas advertencias que se le hicieron sobre Oneida Pinto y, en claros gestos de desdén, posaba muy sonriente con su candidata a la gobernación de La Guajira, a la que acompañaba feliz en sus correrías. Luego pasó lo que pasó, la señora Pinto fue destituida y es procesada por corrupción, mientras el irreconocible hijo del inmolado Rodrigo Lara Bonilla sigue su camino muy campante y es cabeza de lista para el Senado. Aquí no ha pasado nada.

Y lo mismo ocurre en otros partidos, cuyos dirigentes miran para otro lado cuando son confrontados por respaldar a personajes de dudosa reputación. Recordemos, por ejemplo, que Jorge Enrique Robledo defendió hasta último momento a los hermanos Moreno Rojas, involucrados hasta las orejas en el caso de la corrupción en Bogotá.
Y ni qué decir de Álvaro Uribe, muchos de cuyos colaboradores más cercanos han sido destituidos, juzgados, condenados y extraditados, por múltiples delitos. No obstante, en plena campaña, el expresidente imparte lecciones de ‘honorabilidá y trasparencia’ y se le llena la boca hablando de acabar la corrupción.

Lo peor es que todos esos políticos de viejo cuño saben que tienen asegurados sus votos –por la vía de la convicción o de la transacción– y que no les va a pasar nada; porque los que podrían desequilibrar la balanza, en vez de salir a votar por un cambio, prefieren quedarse con los brazos cruzados o renegando por Twitter.

Las advertencias de académicos, dirigentes sociales, líderes gremiales o analistas políticos, otra vez, van a caer en suelo estéril.  Fuente : El Tiempo