cultura

Nube Sandoval y Bernardo Rey se fueron de Colombia con la bella idea –que llegaron a montar en Ciudad Bolívar y en Bosa, incluso en Chocó– de poner en escena un teatro que sanara a sus participantes: a sus creadores y a sus espectadores. 

 
 

Lo llamaron “el teatro como puente”, porque servía a actores desplazados por la violencia, por ejemplo, para ir de una orilla a la otra en sus propias vidas, para –según cuentan en una magnífica crónica escrita por Yhonatan Loaiza para este diario– revivir el espíritu que renace con la memoria y recobrar la luz que suele apagarse cuando se va viviendo sin futuro. Su grupo, fundado en 1992, que llamaron el Teatro Cenit, llegó a Europa listo a eso: a reconocerles la humanidad a quienes fueron perseguidos, humillados, sometidos, puestos de rodillas por tantos gobiernos indolentes de este mundo.

Su trabajo con sobrevivientes de Congo, Afganistán, Burundi, Costa de Marfil ha sido un verdadero puente para dejar atrás los horrores, para recobrar el derecho a los recuerdos de la infancia.