Los actores Vicky Hernández y Fabio Rubiano asumen el reto de la obra ‘Conejo blanco, conejo rojo’.

Solo cuando se sube al escenario, frente a todos los espectadores, el actor que protagonizará la obra ‘Conejo blanco, conejo rojo’ recibe en un sobre cerrado el texto que está por interpretar. Ese fue el planteamiento con el que el dramaturgo iraní Nassim Solimanpour diseñó este reto actoral, en el que el protagonista solo está armado de sus herramientas interpretativas. Y de un vaso de agua.

“Yo aquí estoy privada del susto”, cuenta Vicky Hernández, la primera actriz colombiana que interpretará la pieza, este 8 de septiembre, como parte del Festival Brújula al Sur, en Cali.

 “Es ese miedo que además impulsa, pero también es de respeto. Yo respeto mucho al público y pienso que aunque no haya estado haciendo teatro últimamente sí he estado actuando y aparte de eso ya son muchos años en escena, eso me permite tener un bagaje”, cuenta Hernández, una de las actrices más respetadas del país, quien no actuaba en teatro desde los primeros años de la década del 2000, cuando protagonizó el montaje de ‘Monólogos de la vagina’ y el unipersonal ‘Con el corazón abierto’. 

Solimanpour compuso este misterioso juego escénico como una manera metafórica de escapárseles a las restricciones militares que no le permitían salir de su país. Así construyó esta propuesta que le permite establecer una especie de diálogo con actores de otros países, como Whoopi Goldberg, Nathan Lane, F. Murray Abraham y el fallecido John Hurt, que ya lo han interpretado. Además de Hernández, en Cali también lo protagonizará el actor, director y dramaturgo Fabio Rubiano, el 9 de septiembre, mientras que en Bogotá habrá una temporada de cerca de un mes en el Auditorio Old Mutual, de la mano de la fundación T de Teatro.

Rubiano asegura que aceptó actuar en la obra porque siempre ha creído que el teatro debe estar en crisis “en el sentido dramático (...) desde que uno acepta hacer ‘Conejo blanco, conejo rojo’ entra en crisis, porque empieza a pensar ‘¿qué va a pasar?, ¿cómo va a salir?, ¿voy a quedar bien?, ¿voy a quedar mal?’ Empieza a jugar todo, el ego, la vanidad, el profesionalismo”, afirma.

Para Hernández, el factor clave de esta pieza es la innovación, algo en lo que se asemeja con las últimas producciones que había interpretado en teatro. 

“En su momento, ‘Las vaginas’ fue un experimento porque no se había montado como nosotros la montamos, desde todo punto de vista fue una cosa original y atrevida... ‘Con el corazón abierto’ también fue desafiante, un monólogo de dos horas escrito en un lenguaje de crónica para volverlo hecho teatral”, asegura. 

El hecho de no poder conocer de antemano las instrucciones de Solimanpour plantea la pregunta de cómo será la preparación de cada actor. Para Hernández, la respuesta es concreta: “La preparación son 50, 60 años de ejercicio actoral; si no me sirven ahí, creo que no me sirve ponerme a estudiar dos días”.

Rubiano cuenta que después de haber pensado en todos los tipos de preparación, también llegó a la conclusión de que la manera más honesta de asumir la creación de Solimanpour es la experiencia que cada uno ha tenido con su trabajo. 

“Decir ‘voy a entrenarme en impro, en comedia del arte, en estructuras dramatúrgicas’ es empezar a buscar seguros de vida y creo, hasta donde yo entiendo, que lo que menos necesita la historia es seguros de vida, es más una limpieza”, dice. 

Como cada hecho teatral, ‘Conejo blanco, conejo rojo’ se erige como un acto irrepetible, pero en este caso lo efímero va más allá. Hernández incluso asegura que así un actor lo haga dos veces, igual cada función será totalmente diferente. “Si el teatro cambia con una obra que está predeterminada y cambia según el público y las circunstancias de la función, imagínese con una cosa de estas”, añade. 

Ahí entra otro de los factores determinantes, la relación con el público. Rubiano, por ejemplo, cuenta que se la ha imaginado de las peores y mejores maneras. “Pero creo que si la pieza se ha mantenido durante tanto tiempo es porque hay una muy buena relación con el público y que el dramaturgo ha hecho un trabajo tan interesante, que hace que se mantenga y se siga representando en todo el mundo”, finaliza.

(Fuente: El Tiempo)

En septiembre se cumple medio siglo del comienzo de la travesía en la que cientos de músicos han explorado a los compositores sinfónicos más complejos, y también las raíces del vallenato o la cumbia, en busca de un sonido único. Recorrido por esa apasionante historia.

Ya vivía por la emoción artística y esa, suponía, podía sentirla junto al mar, en la pequeña ciudad porteña de Bulgaria donde nació o en Bogotá, la urbe en crecimiento contenido entre cerros y sabana. Con esa certeza, el maestro Orlin Petrov dejó su Varna natal, donde lo había vivido todo, y viajó hacia un país del que apenas tenía un par de referencias por la literatura de García Márquez. Atrás quedaba el hogar, pero se llevaba lo necesario. La música, su esencia y su espacio vital, se iba consigo.

Corrían los años 80 y en Bogotá, del otro lado de la cortina de hierro que partía el mundo, la Orquesta Filarmónica vivía momentos de gloria. Era 1983 y al auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional lo rodeaba una larga fila de asistentes ansiosos por comprar una boleta para escuchar al grupo, dirigido entonces por el maestro búlgaro Dimitr Manolov, que comenzaría ese día a interpretar un ciclo de las nueve sinfonías de Beethoven.

Y no era una época en la que se podía comprar en preventa. La fila para entrar al concierto comenzó al mediodía. A Manolov no le preocupaba la exagerada demanda ni el sobre cupo. Al público no le importaba quedarse de pie, treparse algunos pasamanos o sentarse en las escaleras. En todo caso, ni el atril más pequeño cabía en el León de Greiff. Los que no llegaron a tiempo para comprar la boleta se alborotaban a tal punto que rompieron algunos de los enormes vidrios del auditorio para entrar. “Era una necesidad de música más que un acto de vandalismo”, recuerda Ricardo Rozental, el curador de la exposición de la historia de la Orquesta Filarmónica de Bogotá (OFB). 

En esos conciertos, el ruido y el desorden de la entrada eran antesala para el silencio. Luego aparecía Manolov. Y como si fuera un vampiro, extendía sus alas, alzaba la batuta y marcaba el compás con la precisión del metrónomo más fino. Así se ve en una fotografía de entonces: con los hombros a la altura de la cabeza, como si no fueran sus articulaciones sino la música la que movía su cuerpo.

Y al final el silencio no regresaba. Cuando un recital del búlgaro llegaba a su fin, el público saltaba encima suyo para pedirle autógrafos, para tocarlo, o solo para estar cerca de él. Fue ese memorable director búlgaro el que le habló a Petrov de la vacante que había en la Orquesta para dirigir los oboes.

Petrov llegó el 21 de julio de 1984 a Colombia y una semana después tuvo su primer ensayo, en el teatro Jorge Eliécer Gaitán. Tocaron el Pájaro de Fuego de Stravinsky y él supo que la música, tan lejos de casa, producía la misma emoción, esa que, dice, después de escuchar o interpretar una obra "nos convierte en mejores personas". Pese a ese encuentro con la vocación, aún tenía sus búsquedas pendientes.

En sus primeros días en Colombia anduvo tras la pista, mapa en mano, del Macondo que le prometieron los libros García Márquez. No pudo encontrarlo, pero desde entonces cada que puede viaja al Caribe colombiano, tal vez porque no renuncia a hallar algo de ese mítico pueblo, o tal vez para reencontrarse con el mar, el que marcó sus primeros años en Bulgaria. La Filarmónica de Bogotá tenía un viaje similar por emprender.


Para que la OFB llegara al nivel de las mejores orquestas del mundo necesitaba emprender una travesía que explorara a los más grandes y más complejos músicos. Que pudiera interpretar a compositores que le dieran el estatus que hoy tiene. Y esa ambición la tuvo en los 90 el director chileno Francisco Retting, quien se embarcó con la Orquesta hacía un recorrido por las partituras de Mahler y Strauss. Durante toda su historia la Filarmónica ha interpretado un abanico extenso de obras del romanticismo, posromanticismo, clasicismo y del siglo XX.

Y la casa también suena. Por eso, la búsqueda también ha sido hacia adentro. Las composiciones autóctonas le han dado festividad y alegría a innumerables conciertos. A todos los directores titulares les han encargado hacer adaptaciones a la música sinfónica. La sencillez de los ritmos ha encajado perfectamente en la complejidad y diversidad que brindan los instrumentos sinfónicos. Bambuco, vallenato, cumbia y pasillo: la orquesta ha logrado con la música tradicional que los espectadores se levanten de sus sillas, dejen a un lado el formalismo que infunde el teatro y se pongan a bailar, a aplaudir, como si no fuera un concierto sinfónico sino una fiesta, donde se vale cantar y hacer bulla.

Estas expresiones quedaron registradas en valiosas grabaciones como Memorias musicales colombianas, una entrega anual que resaltaba la música tradicional o Jardines sonoros, en donde se hicieron adaptaciones a composiciones que contaban el mestizaje en América.

Mientras Petrov empezaba a comprender el español y a adaptarse a Colombia, Santiago Suárez crecía escuchando las grabaciones que el búlgaro, junto a su abuelo, el trompetista Gonzalo Suárez (uno de los fundadores del grupo), y el resto de la Orquesta hacía. En su casa nunca dejaba de sonar un LP de música colombiana de la OFB que todavía atesora. 

En 2005, el joven aspirante a percusionista tuvo detrás de él a la orquesta a la que admiró toda su vida. Con apenas 15 años iba a ser el solista en un concierto con la que siempre soñó. Tuvo más nervios en el primer ensayo que en la presentación definitiva. Sentía más presión por estar entre los otros músicos, los que creció escuchando, que por el mismo público. 

Tenía que interpretar el concierto para percusión y orquesta de Milhaud. Sin empezar a tocar, apenas sentado contando los compases ya se sentía pleno. Diez años después, Suárez es músico titular de la orquesta, como lo fue su abuelo, como lo sigue siendo Petrov después de tres décadas. Pero para logarlo estuvo vinculado antes como juvenil. De cierta forma, la sinfónica mayor es solo la fase más visible de una red musical que se extiende por toda la ciudad.
Durante sus 50 años a muchos les resultaría normal que la asociación de la orquesta con los auditorios de grandes dimensiones es natural, como llenar el Jorge Eliecer Gaitán, el León de Greiff, el Julio Mario Santodomingo o el Fabio Lozano. Pero también se ha vuelto natural ver a la orquesta en los barrios, colegios, iglesias y centros comunitarios. A la Filarmónica no le falta ninguna localidad de Bogotá por conocer.

El grupo siempre se ha conformado por jóvenes y maestros experimentados. Los primeros le imprimen energía y los segundos aportan peso musical. Rozental recuerda a uno que ha pasado por las dos facetas en la OFB: el joven director Andrés Orozco, quien volvió a la Orquesta luego de haberse ganado en Europa el apodo de “El milagro de Viena”. Su marca al dirigir es esa energía desbordada al marcar el compás, controlar el volumen y mantener los tiempos. “Creían que era exagerado, pero era natural”, dice el curador.

En un concierto a comienzos de este año, solo unos cuantos músicos aparecieron en el escenario del León de Greiff, donde tampoco se veían los instrumentos de viento. El público no entendía de qué se trataba. Orozco se paró en frente de los músicos y comenzó a escucharse el sonido amplificado de una obra de Andrés Posada. Orozco se contorsionó como poseído. Exagerado en apariencia. Pero aquel movimiento enérgico de torso y brazos tuvo sentido para los espectadores cuando los vientos aparecieron. No estaban en el escenario. Sonaban desde las esquinas del auditorio y arroparon al público, lo atraparon como en una emboscada de música. Por eso Orozco se movía de esa manera… tenía que dirigir a músicos que se encontraban a sus espaldas.

Antes de tocar en las orquesta de su país, antes de prestar el servicio militar, antes de siquiera saber la ubicación de Colombia en el mapa mundial, Orlin Petrov empezó a tocar el oboe en su pueblo. Solo había tres de esos instrumentos en Varna, y el joven aspirante tuvo que practicar muchas veces en su mente, sin el oboe en sus manos pero con la música adentro.

Cuando llegó a Colombia tenía la idea de regresar a casa pronto. Pero estalló la Perestroika, la reforma de Mijaíl Gorbachov para que las naciones comunistas agrupadas en la URSS hicieran el tránsito a un nuevo modelo económico. Fueron años de crisis y escases en Bulgaria y entonces Petrov decidió quedarse, casi refugiarse. En últimas, el viaje es pleno mientras tenga música.

(Fuente : Semana)

La feria empieza este martes y termina el 20 de agosto. En el evento participarán 14 representantes de las letras colombianas.

Este martes empieza la Feria Internacional del Libro de Panamá, en la que Colombia es el país invitado de honor, por lo que asistirá con una delegación de autores y contará con tres espacios en el evento, entre los que se incluye un estante infantil. 

Fonseca se presentará en la inauguración de la fiesta literaria panameña en una versión sinfónica en la que estará acompañado de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia. Este formato ha sido merecedor del Grammy Latino. 

Al evento asistirán catorce representantes de distintos géneros: narradores, poetas, periodistas y autores para niños y jóvenes, los cuales estarán durante los siete días que dura el encuentro realizando actividades de promoción de lectura. 

La delegación está conformado por William Ospina, Evelio Rosero, Piedad Bonnet, Jorge Franco, Octavio Escobar, Luis Noriega, Megan Melo, Nelson Romero, Horacio Benavides, Irene Vasco, Pilar Lozano, Amalia Low, Sindy Elefante, Jaime Abello Banfi. Invitados por otras instituciones asistirán la historia Diana Uribe, el periodista Dario Arizmendi y la ilustradora Amalia Andrade.  

La ministra de Cultura, Mariana Garcés, manifiesta que “compartir con el público panameño una muestra de la literatura, música, fotografía y, en general, la cultura colombiana constituye una oportunidad única para estrechar lazos y acortar las distancias entre los dos países”.

“Es una oportunidad para Colombia mostrar su producción literaria, no solamente la consolidada, sino sobre todo la joven literatura, lo nuevo, lo que apenas está iniciando. De ahí que la participación como país invitado nos hace doblemente responsables a todos, escritores y organizadores, para llevar al país vecino lo mejor del arte literario colombiano”, sostuvo Evelio Rosero.

La participación de Colombia será a través de tres estantes.En uno de ellos habrá una librería que contará con más de mil títulos de la producción nacional. A su vez, en el Pabellón Infantil, como país invitado de honor tendrá un espacio lectura con actividades permanentes para motivar la lectura de niños y jóvenes. Por último, se hará la exposición “Nereo y el río de nuestra vida”, con las fotografías de los viajes de Nereo López, uno de los fotoreporteros colombianos más importantes del siglo XX.

La exhibición de libros colombianos en el evento está a cargo de la Asociación Colombiana de Libreros Independientes, Acli.

La participación de Colombia se logró en conjunto entre el Ministerio de Cultura, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia, la Embajada de Colombia en Panamá, la Cámara Colombiana del Libro, el Instituto Distrital de las Artes –Idartes- y la Cámara Panameña del Libro. 

La anciana está sentada en medio de un jardín de flores. Al lado geranios, rosas, anturios, tulipanes. Se llama Pastora Inés Zapata. Su rostro está cuarteado. Su boca parece apretada. Su cabello totalmente blanco es sostenido por una diadema. Viste falda azul, camisa blanca y un chal granate. Sus uñas están esmaltadas de rojo. Esta humilde dama a sus ochentas transpira tanta dignidad.

El chico de 10 ó 12 va entre dos hombres, uno ya entrado en años y otro que recién llegó a la mayoría de edad. Camina por las calles céntricas de Medellín llevando sobre los hombros, y sostenida a su cabeza por un lazo de cabuya, una silleta de flores. Su camisa blanca se ve cuarteada y el pantalón caqui sucio en las rodillas. El niño de abundante cabellera negra  se ve cansado, pero avanza con pasos tan firmes, como tratando de emular a los dos hombres entre los que camina.

El  chico y la mujer entrada en años –fotografiados- hacen parte del libro “Desfile de Silleteros, 60 años”, editado por la Fundación Viztaz, con el que rinde homenaje a este grupo que durante décadas se ha consolidado como símbolo de identidad local y nacional.

Los silleteros, más que imagen de postal, son museos vivos de una tradición  continua y palpitante que hace parte de nuestra realidad. Personas -como dice la publicación- que tienen vocación agrícola y carácter campesino, familiares, entre ellos la mayoría, y a quienes los une un territorio y estrechos lazos genéticos.

Como se evidencia en esta antología de imágenes, detrás de cada silletero hay sudor, uñeros, desvelos, creatividad, experticia. Porque el silletero – si bien el mito lo vende como un personaje de un único día - finalmente es un campesino.

Se es silletero más allá de una semana de agosto. Se es silletero los 365 días del año. Porque  ser silletero es una vocación. Una postura frente a la vida. Una experiencia vital que resume una ética y una estética. Una mirada de una ciudad que está allá abajo.

Silleteros sin embargo que como se dijo no se quedaron anclados en el tiempo: tampoco son solo campesinos: ya los hay quienes estudian y viajan, y son profesores, conductores, abogados…se es silletero por herencia pero también por convicción.

Y para estos campesinos, a diferencia de tantos otros, hay una esencia y un fin inherente a sus vidas: las Flores. Y estas, han sido protagonistas  de la vida de Medellín. Flores, en especial las silvestres pascuas, pensamientos, alelíes, violetas que remiten a la añoranza por  un pasado rural y bucólico.

Flores y más flores

Hablar de flores y de silleteros es hablar –vaya obviedad- de las silletas, esa tradicional forma de  transportar ramos de flores; aunque también de llevar legumbres o de llevar leña y más atrás de llevar gente: La silleta ha evolucionado cómo ha evolucionado el oficio y el oficiante.

De eso se encarga este libro: resumir sesenta años de colores, olores, texturas hechos flores, hechos silletas, hechos gente; contar sobre esta tradición única en el mundo, razón por la cual son Patrimonio inmaterial de la Nación.

“El proyecto empezó hace 12 años en Viztaz –explica Óscar Botero, fotógrafo y Director de esta Fundación- , cuando vimos que los silleteros eran personajes importantes para la vida de Medellín, pero no había casi información sobre ellos.  Dice Botero que había algunos estudios académicos pero “escritos para académicos” por lo cual se dieron a la tarea de recoger información. Entonces, contactaron a Juan Luis Mejía, ex ministro de Cultura, al antropólogo Edgar Bolívar, y con la Corporación de Silleteros de entonces. Así, accedieron a imágenes y luego hicieron convocatoria para que les prestaran fotografías de desfiles. Con eso desarrollaron el libro de los 50 años. Ahora lo que hicieron fue recoger y actualizar esa información y las fotos.

“Este –aclara- es diferente de los otros porque más que libro es una recuperación de memoria de ciudad. Y es sobre los silleteros, los grandes embajadores antioqueños y colombianos”.

Gracias a este proyecto, la Fundación recuperó unas 50 mil fotos, entre las que se ven silleteros descalzos recorriendo la ciudad y vendiendo flores y comida y se ven tantas otras, de coloridas silletas cuando estos “personajes típicos” –como llamaban a los silleteros- se hicieron “artistas y exponentes” e iban por las calles de asfalto hirviente en el desfile que se institucionalizó por Acuerdo en 1985.

“Hay algo además que hace interesante este libro y es que informa de manera amena todo sobre las modalidades de silletas  y la forma cómo viven los silleteros, sus casas, quiénes las conforman y por qué son Patrimonio Cultural de la Nación”.

Fiestas Carnavales y Ferias

Algo más llama la atención, no se queda en la mera recuperación de imágenes sino que las acompañan de textos que ubican esta celebración en el espacio y en el tiempo. Para ello, Juan Luis Mejía, ex ministro y rector de EAFIT, hace un recuento de esta fiesta de color y tradición en Medellín, y la muestra como parte de la vida de la ciudad, desde mucho antes de que fuera ciudad. Según, Mejía, la fiesta de las Flores tendrían antecedentes a mediados del siglo XVII con las Fiestas de la Virgen de la Candelaria, ordenadas por la Corona.

Para el siglo XIX las fiestas iban del 20 de julio al 7 de agosto, ya no con tinte religioso sino más patriótico y “a veces se prolongaba hasta el 11 de agosto, Día de Independencia de Antioquia”.

A finales del XIX éstas devienen en Carnaval -con cierta influencia extranjera y con los clubes sociales como epicentro. Estos rituales festivos tuvieron su fin a mediados de la década de los veinte del siglo pasado.

También, este experto, hace un recorrido por las celebraciones donde las flores son protagonistas: En 1905 la SMP organiza la primera Exposición de Flores, Frutas y Hortalizas. En 1939 se hizo una Exposición Nacional de Flores. Ya en mayo de 1957  inicia la Feria de las Flores, y en 1958 pasa al mes de agosto, con ocasión del Día Independencia de Antioquia.

Antes del desfile

También deja claro este libro otro asunto: el oficio del Silletero está ligado a la vida cultural de esta ciudad más de lo que se imagina. En esta nueva edición, Sonia Pineda también ayuda a comprender que los arrieros y cargueros –una suerte de silleteros- eran contribuían al abasto de los nacientes poblados y quizá también eran fuente de comunicación. El silletero era un campesino más que bajaba desde las montañas cercanas a la Villa a traer  flores, comida y leña.

Esta antropóloga marca a 1957 como el año de tránsito en el cual los silleteros pasaron de ser personajes típicos  a “expositores y artistas” representativos de la identidad local y nacional, y señala a 1960, como un hito interesante para el arraigo del amor de los medellinenses por las flores como quiera que el 19 de julio, se celebrara “el día de la Flor”.

Destaca Pineda en el libro que el Desfile ha sentido la vibración política del país y ha gozado siempre   de importantes patrocinios del sector privado, y cuenta la historia de los recorridos que –vaya si no- también hablan de una evolución y apropiación por la ciudad: arrancaba en el parque de Bolívar; luego desde el TPTU; luego en la calle Colombia; enseguida en la Avenida del Rio; y recientemente Avenida San Juan.

Y entonces, todo ello explica que lo que inicialmente se hizo con 40 silleteros, hoy cuenta con 500 invitados; también que en 1985 se  institucionalizara por Acuerdo Municipal; y que en 2015 se declarara a la Cultura Silletera como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación.

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El hombre va de camisa blanca y “tapapinche”. Lleva carriel al hombro y un sombrero de caña rubia que medio agarra con la mano derecha. Es joven y apenas un leve tizne de bigote se dibuja en su rostro ovalado. El joven va con su espalda un poco doblada; su silleta se ladea un poco hacia la izquierda. En la frente se le dibujan unas gotas de sudor. A su derecha, un hombre desatiende su cámara fotográfica y ayuda a enderezar la silleta de en la que sobresalen unos ramos de cartucho, pino, unos claveles morados y unas dalias. Tiene una bolsa de agua que enseguida le entregará al hombre, para aliviarle la sed el resto del camino.

Es la última imagen de este colorido y valioso libro. Y quizá sea una forma de resumir y profetizar este encuentro de la ciudad en torno a una silleta: unos campesinos que aunque sientan el peso, sienten el peso de una tradición y unos ciudadanos dispuestos a ayudar para que estos sigan su paso en medio de esta ciudad y de esta gente que se sienten orgullosos de su presencia palpitante.

Fuente (El Espectador)

 

Ya no es solo Rock al Parque: el país tiene hoy más de 50 propuestas de eventos masivos en el año.

Más allá de la música, hay una combinación química inexplicable en la experiencia de un festival. Para quien no lo ha vivido, la descripción es desagradable: un tumulto de gente, el lodo que se traga los zapatos, el frío que cala en los huesos al permanecer por horas al aire libre, las filas para ir al baño...

 

Por alguna razón, nada de eso importa para quien lo vive, solo la alegría de ser abstraído por el ritmo, agregado al salto simultáneo de la masa. Es ser parte de un momento histórico y de un sentimiento de libertad. Tal vez por eso, hoy son más de 50 propuestas de festivales masivos de rock y pop, principalmente, y músicas del mundo y jazz, las que EL TIEMPO logró contar a vuelo de pájaro. Una cultura festivalera fuerte que ya no tiene demasiado que envidiarle a los Coachella, Glastonbury o Lollapalooza. Pero lo que parece una tendencia de la última década tiene una historia larga de glorias y fracasos. Empezando desde el inolvidable Festival de Ancón, de 1971 –en La Estrella, Antioquia–, que fue como nuestro Woodstock con todo su hippismo a la criolla, pasando por la aventura de hacer un encuentro gratuito y público como Rock al Parque en 1995, que contra todo pronóstico, perduró y creó la marca más reconocida del rock nacional en el mundo. 

También, algunos intentos privados previos, entre los que se destaca el Concierto de Conciertos (1988), un día con 10 bandas en pleno furor del “rock en tu idioma”. Otros, de gran nivel pero que costaron más de lo que facturaron, como el Nem-Catacoa (2010), que trajo a Green Day y a Jamiroquai en un solo cartel, y no pasaron de la primera edición, precedieron al exitoso Estéreo Picnic, así como también a la ilusión del Lollapalooza Colombia, en el 2016, que nunca se pudo realizar. Este es un portafolio para andar de festival en festival todo el año.

Sonidos durosFestival del Diablo

Es una apuesta por los sonidos extremos, entre ellos el metal, el punk, el ‘hardcore’ y otros géneros similares. Además, se ha convertido en una importante vitrina para las bandas nacionales que buscan proyectarse hacia el exterior.

Más festivales de sonidos extremos

Metal Millenium, Thrashing Colombia, Bogotá Grind Death Fest, Unirock Río Cali, Concierto de la Juventud (Medellín).

Rock y popEstéreo Picnic

Hoy es uno de los festivales más esperados del año. Anualmente convoca un promedio de 60.000 personas durante sus tres días, y ha traído a Colombia artistas como The Killers, New Order, Pixies, Jack White, Calvin Harris y The Strokes, entre 
muchos otros.

Cosquín Rock

Es uno de los festivales de rock más grandes de Argentina, y el 21 de octubre tendrá su primera edición en Colombia, con artistas como Los Fabulosos Cadillacs, No Te Va Gustar, Residente y Ataque 77, entre otros.

Día de Rock Colombia

Este 12 de agosto se realizará este festival que reúne algunas de las bandas nacionales más representativas, y dedicará un espacio a aquellas que hicieron parte del movimiento ‘neo punk’, como Código Rojo y K-93.

Más festivales de rock y pop

En esta parrilla de festivales de rock y pop también están: Almax, Soma, Car Audio Rock Festival, Arena Rock Medellín, Hermoso Ruido, Viva el Planeta, Hot en Paraíso, Breakfest (Medellín),  Jingle Bell Rock (de Radioaktiva), Festelar, Tattoo Music Fest y Rock and Shout Festival.

Electrónica / sonidos independientesSónar Festival

Fundado en 1994 en Barcelona, el Sónar reúne todo tipo de sonidos electrónicos, experimentales y de avanzada. Este año, su edición en Colombia será el 2 de diciembre y estará encabezada por el grupo islandés SigurRós y por la DJ Nina Kraviz.

Storyland

Este gigantesco festival de música electrónica se realiza anualmente en Cartagena. Además de contar con grandes artistas internacionales, también ha sido una plataforma para que nuevos DJ colombianos puedan darse a conocer.

Otros festivales de música electrónica

Baum Festival, Baum Park (Medellín), The Social Festival, Rumours, Link Festival.

Distritofónico

Es el punto donde convergen los sonidos alternativos y experimentales de la capital colombiana, aunque recientemente se realizó por primera vez en Medellín y 
tuvo como invitados a Mula, Las Áñez y Trip Trip Trip.

El sello discográfico La Distritofónica también organiza el festival El marrano no se vende.

Festivales públicos / de todo un pocoRock al Parque

El festival gratuito más grande del continente y pionero de esta cultura reúne anualmente a más de 200.000 personas y más de 60 bandas. Por él han pasado, entre otros, Charlie García, Manu Chao y Anthrax.

Más festivales públicos

Colombia al Parque, Jazz al Parque, Salsa al Parque, Altavoz (Medellín), Manizales Grita Rock, Unirock Alternativo, Usmetal (Usme), Festival de las Montañas (Ciudad Bolívar).

Festival Centro

Se lleva a cabo en el centro de Bogotá y tiene como objetivo revitalizar esta zona de la ciudad mediante una oferta musical alternativa e independiente, con una fuerte presencia de la música tradicional colombiana. Una curiosidad de este evento es que nunca repite artistas invitados.

Variedad de sonidos

Festival Detonante, Evento 40 (Los 40 Principales), Reguetón Oxígeno, Concierto Radiónica, Temporada de jazz en septiembre (cinco festivales simultáneos en todo el país).

ReggaeJamming Festival

Es el principal festival de ‘reggae’ y ‘dancehall’ que se hace en el país. Este año convocó a tres grandes del género en Latinoamérica: Gondwana, Cultura Profética y Los Cafres.

Más festivales de ‘reggae’ y hip-hop

Rototom Reggae Contest Latino, So What Fest.

(Fuente : El Tiempo )