El letrero de “Se arrienda” sobre la fachada del Museo de Arte Moderno de Bogotá puso sobre la mesa la difícil situación de muchos museos de Colombia, que a diario buscan recursos para mantenerse.

Los bogotanos que pasaban por el centro de la ciudad el pasado 5 de febrero se llevaron una sorpresa cuando vieron varios avisos de “Se arrienda” sobre la fachada del Museo de Arte Moderno de Bogotá (MamBo). Muchos, indignados ante la posibilidad de que la institución estuviera en riesgo, subieron fotos y comentarios críticos a las redes sociales. Los rumores llegaron a las emisoras y, en pocas horas, el país ya debatía si se trataba de una acción artística o de una medida real que, en plata blanca, significaba la posible desaparición de una de las entidades culturales más reconocidas del país.

Luego se supo que se trataba de una campaña (o un ejercicio, como lo llamaron) para mostrar la magnitud de la difícil situación financiera del museo e invitar a las personas y a las empresas a sumarse al programa de membrecías y patrocinios. Pero en el ambiente quedó una gran preocupación. No es un secreto que el MamBo, fundado en 1962 por la crítica de arte Marta Traba, lleva un tiempo en una difícil situación. Claudia Hakim, quien lo dirige desde abril de 2016, repite, siempre que puede, que la plata no alcanza. “El museo no es viable –le dijo hace un año a SEMANA–. Yo podría cerrarlo en este momento, pero me la estoy jugando con mi tiempo, con mi salud, a punta de trasnochadas y de angustia por sacarlo adelante”.

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Es cierto que el Ministerio de Cultura y la Alcaldía de Bogotá entregan unos recursos cada año, pero sirven para financiar exposiciones y proyectos artísticos. Por cuenta de la institución corren los servicios, el pago del personal y el mantenimiento del edificio sede del museo desde 1985, creación del arquitecto Rogelio Salmona. Y aunque desde el año pasado el MamBo remodeló su sede, montó una tienda propia, arrendó el espacio para un restaurante y renovó su programa de exposiciones para acercarse a un nuevo público, todavía llegan meses en los que no tienen para pagar la nómina. Calculan que al año necesitan 1.500 millones de pesos. “Lo que yo recibo en taquilla, más la tienda que pusimos de artesanías, más lo que paga el restaurante me da el 30 por ciento de lo que necesita el museo para mantenerse mensualmente. Me faltaría el 70 por ciento”, explica Hakim.

Y la situación del MamBo se repite en muchos museos colombianos que cada cierto tiempo viven crisis económicas. De hecho, según las cifras del Programa de Fortalecimiento de Museos (PFM) del Ministerio de Cultura, más de la mitad no lograron el punto de equilibrio en 2016. Es decir, no son financieramente sostenibles. “Lo más complicado es el manejo de la caja, el flujo de recursos, es difícil sostener los edificios o hacer renovación tecnológica. La taquilla y el parqueadero nunca alcanzan”, explica María del Rosario Escobar, directora del Museo de Antioquia. 

Hay que entender, sin embargo, que no todos funcionan igual. Según las cifras del PFM, el 53 por ciento de los museos colombianos son privados (aunque sin ánimo de lucro), el 42 por ciento son públicos y el 5 por ciento, mixtos. Las entidades del Estado (Ministerio de Cultura, Gobernaciones, Alcaldías o universidades públicas) financian la mayor parte de la operación de los museos públicos, aunque estos también suelen buscar apoyo financiero en las empresas privadas y donaciones. Es el caso del Museo Nacional, el más antiguo del país, que recibe el 68 por ciento de sus recursos del ministerio y que tiene el apoyo de la Asociación de Amigos del Museo Nacional, una entidad privada sin ánimo de lucro que canaliza el 32 por ciento restante, a través de aportes de compañías, alquileres de espacios y venta de otros servicios.

En el caso de los museos privados el tema es más complicado. La mayoría –a diferencia de unos pocos patrocinados completamente por empresas – debe gestionar donaciones, patrocinios y sobrevivir con lo que da la taquilla o la tienda. Es el caso del MamBo, el Museo de Arte Moderno de Medellín (MamM), el Museo de Antioquia, La Tertulia y muchos otros. Estos también reciben recursos públicos cuando participan de las convocatorias de las Secretarías de Cultura, las Alcaldías o el ministerio (que entrega recursos a las organizaciones culturales que presentan proyectos a través del Programa Nacional de Concertación), pero deben destinarlos a programas específicos y no sirven para pagar el día a día de la operación. 

La clave, como cuenta Juliana Restrepo, directora de Idartes y, quien estuvo cinco años a la cabeza del MamM, es la creatividad: “Los museos tienen que desarrollar programas y servicios innovadores, y presentarse ante la ciudad no como entidades pasivas, sino como actores con las puertas abiertas, que ofrezcan talleres, visitas guiadas y todo tipo de espacios”.

Algunos han logrado hacer las cosas bien. El museo La Tertulia, de Cali, por ejemplo, tuvo una crisis económica en 2009 que lo llevó a cerrar sus puertas, pues no tenía para pagar los servicios ni las obligaciones. Pero durante los últimos años no solo logró estabilizar un poco sus cifras, sino que aumentó el número de visitantes (la cantidad creció un 103 por ciento entre 2010 y 2017). La clave, además de una renovación de sus programas y de la estrategia para comunicarse con la gente, fue lograr el apoyo de la Alcaldía, las entidades privadas y las embajadas.

El Museo de Arte Moderno de Medellín, por su parte, ha logrado que el 45 por ciento de sus ingresos provengan del sector privado. Y aunque las donaciones de las empresas han disminuido –pues varias de ellas prefieren focalizar las inversiones en áreas relacionadas con su negocio–, tienen un programa de patrocinios que ha logrado atraer a varias. Además, les ofrecen otro tipo de servicios como talleres de arte para sus empleados o regalos con el logo del museo o la imagen de alguna de sus obras para sus clientes.

 

La entidad amplió sus instalaciones hace dos años y hoy tiene espacios como una sala de cine y una tienda propia que también genera recursos. Y, como hacen varios de los museos incluyendo el MamBo, también alquilan algunos espacios y ofrecen membrecías para personas que, con una mensualidad o anualidad, pueden acceder a algunas exposiciones y servicios del museo gratuitamente. Otros, como el Museo de Arte Moderno de Barranquilla (MAMB) –que es gratuito–, optan por organizar ferias o subastas para financiar sus gastos cotidianos.

En el fondo, sin embargo, muchos creen que la mayoría de las dificultades tienen que ver con el papel que la sociedad colombiana le da a la cultura, y en especial al arte. “Muchos en el sector privado consideran que las artes plásticas son la cereza del pastel –dice María Belén Sáez, directora de Divulgación Cultural de la Universidad Nacional y del Museo de Arte de la misma entidad–. Y eso es debido a que el propio gobierno no le presta ninguna importancia. Eso se contagia en la sociedad”. De hecho, el presupuesto para cultura disminuyó este año y eso influye en la plata que le llega a todo el sector.

 

Solo hay que ver lo que pasa en Nueva York, una ciudad en la que el arte y la cultura ocupan un lugar preponderante. Allí las grandes familias, las empresas y algunos millonarios consideran un honor donar su plata a museos como el MoMA, y la sociedad los reconoce por eso. Lo más importante es entender que el éxito de un museo no solo depende de quien lo dirige, sino de toda la sociedad: los ciudadanos, las empresas, el gobierno y los medios de comunicación. Al fin y al cabo, su labor los beneficia a todos. Fuente : Semana

En el Hay Festival el escritor Juan Gabriel Vásquez entrevistó al autor de ‘Los versos sátanicos’.

El antes novelista británico (y mucho antes, autor indio) y ahora escritor estadounidense Salman Rushdie está presentando su más reciente novela. Se llama ‘La decadencia de Nerón Golden’, un millonario de un país que no se quiere ni nombrar, porque Golden –que tampoco se llama realmente así– quiere reinventarse con todo y familia, convertido ahora en un millonario estadounidense en los tiempos del gobierno de Obama.

 

Sin embargo, la charla de Rushdie con el escritor Juan Gabriel Vásquez, encargado de entrevistarlo en el Hay Festival de Cartagena, comenzó con la influencia de García Márquez en la obra del autor de origen indio, algo que al parecer era “evidente”, incluso antes de que Rushdie supiera de la existencia de Gabo.

“Lo que me pasó fue que escribí una primera novela que fue un fracaso, antes de ‘Los hijos de la medianoche’ –explicó Rushdie ante el auditorio del Centro de Convenciones–. Se llamaba ‘Grimus’ y fue de ciencia ficción. Un amigo mío, que fue de las mismas personas que la leyó inicialmente, me dijo: ‘Obviamente has sido influenciado por García Márquez’. Y yo le dije: ‘¿Quién es?’ Y él dijo que fuera ‘ahora mismo’ a una librería y comprara una novela llamada ‘Cien años de soledad’. Respondí: ‘¿En serio? ¿Cien años?, ¿de soledad?’ No me sonaba que fuera un buen libro. Y él me dijo: ‘No sea idiota, vaya a la librería’. Le hice caso; la edición en inglés que existía tenía una portada de un cuadro, no sé si de Rivera o de otro muralista mexicano, con unos campesinos socialistas mirando hacia el futuro en una portada gris. Y compro de mala gana ese libro de campesinos socialistas mirando al futuro, en una portada gris llamada ‘Cien años…’ y cuando leí la primera frase me cautivó completamente. Me sumergí en el libro, entré en una especie de éxtasis. 

“Es un libro que me he leído muchas veces. La traducción al inglés es brillante. Gregory Rabassa decía, muy orgulloso, que en una rueda de prensa García Márquez había dicho que la traducción al inglés era mejor que el original en el español”.

Fue así como comenzó esa influencia. A mediados de los años 70, Rushdie vio en las historias de Gabo un “mundo familiar, muy similar a la India”, de donde venía. Encontró similitudes con su realidad que vivió. “Discrepancias entre ricos y pobres, influencia muy poderosa de la religión y del pasado colonial –dijo–. Son países en donde hay generales a los que les gusta tomarse el poder de vez en cuando, y donde hay corrupción. Entonces, estaba leyendo el libro de un mundo que me sonaba tan familiar”.

Sin embargo, Rushdie anota que hubo otras influencias en libros suyos como ‘Hijos de la medianoche’, además de la obra de Gabo; por ejemplo, ‘El tambor de hojalata’. Pero fue a partir de esta lectura que se acercó a otros autores latinoamericanos como Juan Rulfo y su Pedro Páramo.

“Fue así, pero la traducción de Pedro Páramo no era muy buena. Cuando lo leí no entendía cuál era la alharaca con ese libro. Veinte años después, con otra traducción, entendí también la relación entre Comala y Macondo. Empecé a leer a Alejo Carpentier, Vargas Llosa, Jorge Amado…”.

En una charla con Rushdie, es imposible dejar por fuera la historia de ‘Los versos satánicos’ (1988), el libro que le valió la sentencia de muerte que el ayatolah Jomeini impuso sobre él por haber ofendido al Islam. 

—Y luego él se murió —anotó Rushdie.

—Entonces, usted venció esa pelea… —afirmó Vásquez.

—Solo quería anotar: uno de nosotros sigue vivo. Ustedes habrán oído que la pluma es más fuerte que la espada. Así que no se metan con un novelista —dijo Rusdhie, generando aplausos y sonrisas entre el público.

Uno de nosotros sigue vivo. Ustedes habrán oído que la pluma es más fuerte que la espada. Así que no se metan con un novelista

‘Los versos satánicos’ fue una novela que cambió la vida de Rushdie y su idea sobre el papel del novelista en la sociedad. “Creo que me hizo valorar el arte de la literatura más de lo que ya lo valoraba. También me permitió ver que no soy el primer escritor que se ha metido en problemas. Dostoievsky se enfrentó a un pelotón; otro autor escribió un poema sobre el bigote de Stalin. Por alguna razón, a Stalin no le gustó y lo envió a un campo de trabajo. A Lorca lo persiguió Franco. Cuando uno empieza a analizar eso y se da cuenta de que muchos de los autores respondieron de manera heroica. Dostoievski salió de ese evento traumático a escribir una obra maestra. Entonces, cuando me tocó dije: ‘Bueno, este es nuestro trabajo. Tengo que vivirlo’. Pude darme por vencido, eso me hizo valorar más la libertad de expresión. Porque si uno vive en estos países donde hay libertad de expresión, la gente no le da importancia. Si existe el aire para respirar, la gente no le da importancia, pero si no tiene el aire, empieza a darse cuenta. 

Sobre el regreso a la vida normal, ya sin vivir escondiéndose y escoltado todo el tiempo, Rushdie también escribió un libro, en el que su personaje Josep Anthony narra en tercera persona su experiencia. 

“En los años de protección policiaca, me pidieron que encontrara un seudónimo que pudiera utilizarse para alquilar casas en donde fuera a vivir. Entonces saqué el nombre de Joseph Conrad y Antón Chejov, porque pensaba que Conrad escribía muy bien sobre un mundo secreto, sobre espías e intriga, y yo me encontraba en ese mundo. Y Chejov, porque escribía sobre el aislamiento y la nostalgia, sentimientos que tenía yo en todo momento. Empecé a escribir el libro en primera persona, como uno haría cuando escribe sobre su vida. No me gustó. Me parecía narcisista. Quería que el libro diera la impresión de ser un relato novelesco y el problema con la primera persona en una autobiografía es que el personaje que habla desde su yo tiene experiencias diferentes a las de los demás personajes, entonces, en tercera persona este personaje es uno entre tantos otros y puede tener sus propias experiencias”.

Rushdie explicó que ese libro autobiográfico tomó distancia de años en escribirse, no lo hizo inmediatamente se liberó de la fatua que lo condenaba. Dice el autor que cuando las cosas volvieron a lo normal, no quiso sumarles a los diez años de esa “situación tan precaria”, un año más escribiendo el tema y otros dos años seguidos promocionando el libro. “Era como volver a ponerme detrás de los barrotes de esa cárcel (…). Además, quería estar seguro de saber cuál era el final del relato. Quería tener la certeza de que cuando pusiera la palabra fin, era verdaderamente el fin”.

En la entrevista, Rushdie también dio su análisis sobre la forma como se abordó la tragedia de la revista satírica ‘Charlie Hebdó’, en 2015, y la reacción de la gente y los medios: “Pensé que nadie había aprendido absolutamente nada, y eso fue deprimente. Porque nadie había leído ese periódico, era una revista que estaba en las puertas de la muerte, que vendía 20.000 ejemplares, y no creo que ningún musulmán francés hubiera leído ‘Charlie Hebdó’ ni se hubiera sentido insultado. Uno tiene que haberlo leído para sentirse ofendido. Era una serie de caricaturistas envejecidos, radicales del 68, que se divertían los unos con los otros y eran personajes a los que se les tenía admiración en Francia. Luego llegan personas y los asesinan, y hubo personas de la izquierda, lo que es deprimente, que no estaban dispuestas a defenderlos. Era un verdadero escándalo porque una de las cosas sobre los prejuicios es que aparentemente les son indiferentes a la verdad. ‘Le Monde’, después del incidente, hizo una investigación sobre 10 años de la primera página de ‘Charlie Hebdó’, y ¿saben cuántas tenían que ver con el islam? Seis. Muchas más criticaban al papa y a Sarkozi. Entonces era una revista antifascista, antiestado, y se la acusaba de todo lo contrario, simplemente por personas ignorantes de lo que representaba".

El tema de la charla pasó, cerca del final, por la novela reciente, por la relación de esta con la elección de Trump y los rasgos que hay del presidente estadounidense regados en ciertos personajes de ‘La decadencia de Nerón Golden’: 

“La mayor parte de la novela no tiene que ver con Trump. Hace una aparición. La gente dice que se debe tener cuidado de no escribir sobre acontecimientos demasiado cercanos; tengo la impresión de que en algún texto de Hemingway, él dice que es mejor el matador que se acerca más al toro. Al tratar de escribir un libro en el momento exacto de los acontecimientos, se da esa sensación de estar toreando muy cerca. Pero es emocionante, de pronto estúpido y fatal, pero emocionante. Sientes que si lo haces mal, el libro va a ser irrelevante inmediatamente, como un periódico de ayer. Pero si tienes suerte, vas a poder capturar un momento de la historia. Creo que algunas de las grandes novelas han logrado hacer eso. Por ejemplo, ‘El Gran Gatsby’. Quise hacer eso. Pero si las elecciones hubieran tenido un desenlace diferente, no hubiera tenido que trabajar mucho el texto, porque el texto no es sobre Trump sino sobre la polarización en un país que no se pone de acuerdo acerca de la verdad y el narrador; un joven cineasta está muy preocupado por la verdad, y esa preocupación sigue independientemente de quien hubiera ganado.

Yo no pensé que Trump fuera a ganar las elecciones. Yo fui a votar y dije: ‘Esta noche tendremos una presidenta’. Mi libro sabía qué iba a pasar, pero yo no sabía. Sí ven la sabiduría de una novela. La lógica del libro fue una demostración de algo que para mí es muy cierto y es que la obra de arte es más cierta que el artista, la obra sabe cosas que el artista ignora o no es consciente”. 

En medio de la charla, Rushdie hizo énfasis en su nueva nacionalidad, la estadounidense, y en su relación con ese personaje suyo Nerón Golden, que llega a rehacer allí su vida. “Sin embargo –explicó–, quería que el narrador de su historia no fuera yo, quería que fuera alguien opuesto a mí, mucho más joven, que estuviera en sus años veinte y que esa juventud fuera el ángulo desde el que viéramos la historia. Ese narrador nació y creció en Nueva York, y vemos cómo está viendo el actuar de estos inmigrantes”. Fuente : El Tiempo

 

Un centenar de artistas e intelectuales francesas lanzó hoy un manifiesto en el que critican el "puritanismo" de la campaña contra el acoso desatada a raíz del caso Weinstein, y defienden la "libertad de importunar" de los hombres, que consideran "indispensable para la libertad sexual".

"La violación es un crimen. Pero el flirteo insistente o torpe no es un delito, ni la caballerosidad una agresión machista", dicen personalidades como la actriz Catherine Deneuve, la escritora Catherine Millet, la editora Joëlle Losfeld o la actriz Ingrid Caven en la tribuna, publicada hoy en el diario "Le Monde".

Aclaran que "no se sienten representadas por ese feminismo que, más allá de la denuncia de los abusos de poder, adquiere el rostro de un odio a los hombres y su sexualidad", en alusión al movimiento "#metoo" ("yo también"), que surgió para denunciar en las redes sociales casos de abusos machistas.
También se refieren a ese movimiento como "justicia sumaria", que juzga a hombres "cuyo único error fue haber tocado una rodilla, tratado de robar un beso" o "hablar de cosas 'íntimas' en una cena profesional".

Si bien reconocen que el caso Weinstein dio lugar a una "toma de conciencia" sobre la violencia sexual contra las mujeres en el contexto profesional, lamentan que ahora se favorezca los intereses de los "enemigos de la libertad sexual" o de los "extremistas religiosos".

El escándalo de abusos del productor Harvey Weinstein, destapado el pasado octubre por el periódico estadounidense "The New York Times", desató una ola de denuncias por parte de muchas actrices que acusaron a actores como Kevin Spacey o Dustin Hoffman. Fuente : El Espectador

El artista Juan Manuel Echavarría expone “Ríos y silencios”, una continuación de su muestra del 2009 “La guerra que no hemos visto”. De este modo, sigue trabajando de la mano de víctimas y victimarios.

Expresiones de arte como las de Juan Manuel Echavarría logran que aquellos que no hemos sido tocados directamente por la guerra, logremos entenderla.

¿Seríamos capaces de quedarnos en silencio durante 993 días? Suena imposible, incluso inhumano, pero esa sería la cantidad de tiempo que estaríamos sin hablar si a cada víctima de nuestra guerra le dedicáramos diez segundos de silencio. Sí, únicamente diez segundos por cada una de las 8’581.339 víctimas registradas, nos llevarían a estar en silencio durante aproximadamente tres años. Estamos acostumbrados a pensar en números pequeños y cada vez que debemos imaginar grandes distancias o largos períodos de tiempo, nuestro cerebro comienza a engañarnos. ¿Qué son ocho millones y medio de víctimas? Son suficientes personas para llenar El Campín 213 veces y media. Es el equivalente a la población entera de países como Suiza o Israel.

Esta monstruosa cifra de víctimas esconde un pasado atroz: catorce modalidades diferentes de violencia, según el Grupo de Memoria Histórica, dentro de las cuales encontramos 220.000 muertos, casi 70.000 desaparecidos, siete millones de desplazados internos, miles de casos de violencia sexual y otros varios datos que nos encogen el corazón. Colombia fue hasta el comienzo de este milenio no sólo el mayor productor mundial de cocaína, sino también el país que más libros exportaba. Nuestra historia ha estado dividida en esa dualidad: una institucionalidad de la que nos jactamos y una violencia que nos hace tristemente famosos.

Sobre esto trata el último trabajo del artista Juan Manuel Echavarría, titulado Ríos y silencio, expuesto en el Mambo hasta el 7 de enero del 2018. Echavarría decidió hacer una continuación de su exposición del 2009 La guerra que no hemos visto y, de este modo, seguir trabajando de la mano de víctimas y victimarios. Una sala de la exposición llama la atención: se trata de un cuarto oscurísimo de 4x4, donde hay un pequeño banco para tres o cuatro personas que queda justo enfrente de una pantalla. Después de sentarse, y luego de unos largos segundos de silencio absoluto, en la pantalla aparece el rostro de un hombre negro, quien comienza a cantar, pero no una salsa, ni un bambuco ni tampoco una cumbia, sino que canta su experiencia, su memoria. Es un canto de lo que él vio el 2 de mayo del 2002, cuando una pipeta de las Farc estalló sobre una iglesia, en la cual un centenar de personas se habían refugiado de los combates entre el bloque Élmer Cárdenas de los paramilitares y el frente 58 de las Farc.

Este hombre oriundo del Chocó no tendrá, calculo yo, más de 45 años y se llama Domingo Mena. Después de él vienen los hermanos Hernández, Dorismel y Nacer; luego Luzmila Palacio, Noel Gutiérrez, Vicente Mosquera y Rafael Moreno. Todos son víctimas directas de la guerra en Colombia. Cada rostro canta una historia impregnada de dolor y de terror. Son relatos de personas que han vivido el infierno en carne y hueso y han logrado salir de él para cantarles a quienes no hemos tenido el infortunio de vivir lo que es la guerra, que sí, que nos hemos matado entre colombianos y que desearían no acordarse de las atrocidades de las que se acuerdan, pero también nos recuerdan que es posible vivir en paz, que no matarse tampoco es tan difícil como creemos.

Así, los hermanos Hernández, sobrevivientes de la masacre de Aracataca, nos cantan, cada uno, el sentimiento de pensar que su hermano, aquella persona que ha vivido a su lado desde que se tiene conciencia, puede estar muerto. El señor Gutiérrez relata cómo fue tener que entrar a la iglesia de Bojayá instantes después de que el cilindro bomba estallara: “No lo puedo creer, no lo puedo imaginar, esto que en Bojayá haya podido pasar”, nos canta cara a cara. Luzmila Palacio, una víctima del desplazamiento del bajo Atrato, recita la manera cruel y despiadada con la cual los diferentes actores de la guerra desplazaron masivamente a toda una región y cómo los poderosos ríos del Pacífico colombiano se convirtieron en verdaderas tumbas de agua, pues una práctica común era la de tirar los cadáveres a los ríos.

El logro de Echavarría es ponernos enfrente de la crueldad y la humanidad de la guerra, en el sentido de que detrás de cada cifra y de cada homicidio y de cada familia desplazada hay una historia, y que esas historias merecen ser escuchadas para ponerle fin a este círculo de horror. Esto porque la nuestra ha sido, esencialmente, una guerra contra la población civil, como lo llama Pécaut, pues 81 % de los muertos han sido civiles. “En este conflicto muere más rápido un civil que un combatiente” , dice la periodista Juanita León.

Hay quienes en Colombia estuvieron decenios sin darse cuenta de que estábamos en guerra hasta que, un fatídico día, la guerrilla recluta a su hijo, o los ‘paras’ desaparecen a su marido, o el Ejército recluta a su otro hijo para que vaya a darle bala a su primer hijo que se fue con la guerrilla. La belleza del arte es que logra que aquellos que no hemos sido tocados directamente por la guerra comprendamos la urgencia de terminarla. Y esto no es menor, pues 62 % de los colombianos habilitados para votar no salió a las urnas el 2 de octubre del 2016.

El arte de Echavarría combate la indiferencia de una Colombia urbana que no ha logrado, no ha podido y no ha querido solidarizarse con el resto del país rural. A través del arte no lograremos comprender lo que es perder un hijo, claro que no, pero tal vez podamos entender la importancia de trabajar por un país “donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad”. Y ese es el arte de la guerra que realmente necesitamos, no aquel de Sun Tzu sobre cómo hacerla, sino este de Echavarría sobre cómo comprenderla. Fuente : El Espectador

Nube Sandoval y Bernardo Rey se fueron de Colombia con la bella idea –que llegaron a montar en Ciudad Bolívar y en Bosa, incluso en Chocó– de poner en escena un teatro que sanara a sus participantes: a sus creadores y a sus espectadores. 

 
 

Lo llamaron “el teatro como puente”, porque servía a actores desplazados por la violencia, por ejemplo, para ir de una orilla a la otra en sus propias vidas, para –según cuentan en una magnífica crónica escrita por Yhonatan Loaiza para este diario– revivir el espíritu que renace con la memoria y recobrar la luz que suele apagarse cuando se va viviendo sin futuro. Su grupo, fundado en 1992, que llamaron el Teatro Cenit, llegó a Europa listo a eso: a reconocerles la humanidad a quienes fueron perseguidos, humillados, sometidos, puestos de rodillas por tantos gobiernos indolentes de este mundo.

Su trabajo con sobrevivientes de Congo, Afganistán, Burundi, Costa de Marfil ha sido un verdadero puente para dejar atrás los horrores, para recobrar el derecho a los recuerdos de la infancia.

 

Escritores de la talla de Salman Rushdie y J.M. Coetzee estarán presentes en este encuentro cultural el próximo año en Cartagena.

Del 25 al 28 de enero del 2018 se celebrará, como ya es costumbre, el Hay Festival en Cartagena. Y entre los 150 invitados aparecen importantes escritores, músicos e intelectuales, que no solo estarán en la Ciudad Amurallada sino que harán presencia en otros municipios de Bolívar y en ciudades como Bogotá, Medellín, Manizales, Buenaventura, Santa Marta y San Andrés. 

Este evento, que se realiza desde hace 12 años, tendrá nombres rutilantes como Salman Rushdie, autor de Los versos satánicos,  J.M. Coetzee, el premio nobel sudafricano de literatura, y a escritores de la talla de Yaa Giasi, Sergio del Molino, Marc Levy, Leila Guerriero y Geoff Dyer, que harán parte de algunos de los 25 eventos diarios organizados.

El festival se caracteriza como un espacio interdisciplinario y en su próxima edición mantiene ese perfil. No solo participarán grandes novelistas sino intelectuales en todas las áreas: musicales, filosóficas y realidades económicas y sociales. 

Entre ellos estarán los pensadores Rutger Bregman, Marina Garcés y Carolin Emcke. Y un personaje que desde ya despierta polémica: Nadya Tolokno, una de las integrantes de grupo de punk rock ruso Pussy Riot, muy fustigado en su país por su irreverencia. Ella, como otros personajes, hablarán y debatirán temas como la pobreza, la xenofobia, la libertad de expresión, el pasado colectivo y la posverdad. 

 

Tal como lo describe Amalia Pombo, directora de comunicaciones y desarrollo del Hay, este evento es un espacio para conversar, para crear magia en torno al conocimiento general y que sea accesible para todos.

“En el hay -dice Pombo- se ven en el mismo espacio y tiempo pensadores con opiniones dispares sobre diversos temas que van desde literatura hasta física, pasando por música, filosofía, antropología, neurología entre otros”. 

El escritor barranquillero Giuseppe Caputo, autor de la novela Un mundo huérfano, dice que otra sección importante a tener en cuenta es Bogotá39 (2017), que reúne a los mejores escritores latinoamericanos menores de 40 años.

“El festival es importante porque –explica el novelista- da cuenta de lo que se está hablando y escribiendo desde y para América Latina, y también como una plataforma que visualiza los talentos del continente”. 

 

 

 

Este certamen es originalmente galés y empezó a finales de los años ochenta y le ha dado la vuelta al mundo. Anteriormente han asistido al festival escritores internacionales como Cees Nooteboom, Joe Sacco, Roberto Fontanarrosa y Ricardo Piglia. Fuente : Semana