Un osito de peluche metiendo coca. Un campeón olímpico metiendo coca. Un capitán de avión metiendo coca. Un corredor de Wall Street metiendo coca. Un ingeniero robótico metiendo coca. Un grupo de amigas metiendo coca. Unos estudiantes de leyes metiendo coca. El ‘hacker’ más brillante metiendo opio y coca. Hollywood se ha convertido en la mayor máquina de promoción de las drogas, pero ahí sí los gringos se hacen los de la vista gorda.

Porque mientras Trump amenaza a Colombia con la descertificación por el aumento de las matas de coca, olvida que en California está la gran agencia de publicidad de las drogas. Y es que ningún producto –por bueno que sea– logra ser así de exitoso sin una buena campaña de publicidad, propaganda y mercadotecnia.

¿O quién no ha visto a Scarlett Johansson meter coca en su última película, como si fuera lo más sexi y divertido del planeta? ¿O quién no ha visto a Denzel Washington meter perico antes de pilotear un avión, y luego evitar valientemente que se destutane contra la tierra? ¿O quién no ha visto a Leonardo DiCaprio esnifar línea tras línea en ‘El lobo de Wall Street’, y luego tener el mejor sexo del planeta?

¿Han visto una película donde aparece un osito de peluche metiendo coca? ¡Un oso de peluche! El mismo que tienen mis hijos y cientos de niños en el mundo, pero que a Hollywood se le ocurre ponerlo a meter coca y marihuana como si fuera lo más divertido, juguetón y entretenido.

Eso es Hollywood: una máquina de promoción de la coca como no se veía desde las épocas glamurosas del cigarrillo. Una industria que nos vende porquerías como lo más sexi, erótico, entretenido y divertido del universo. Una publicidad constante del gran coctel molotov favorito de nuestros juristas y políticos: drogas, rumba, plata y sexo.

Si no fuera por Hollywood, las matas de coca no proliferarían como arroz. Si no fuera por sus películas, series y estrellas, no habría tantos consumidores dispuestos a pagar entre 60 y 80 dólares por gramo de cocaína. Si no fuera por su bombardeo constante de imágenes, las drogas no tendrían semejante demanda ni nosotros tendríamos que lidiar con todas esas hectáreas.

Lo que no cuenta Hollywood, sin embargo, es cómo hacen para transformar esas matas en polvo blanco: mezclándoles acetona, ácido sulfúrico, kerosene, gasolina, hipoclorito de sodio, carbonato de potasio, amoniaco y todo tipo de químicos y porquerías que son dañinas para la salud y son las que realmente los terminan matando.

También olvidan contar cómo la calidad de la cocaína colombiana es cada vez peor: la última moda es mezclarla con drogas veterinarias, con opioides letales –como el fentanilo– y con drogas para el corazón. Hasta con carne humana, según reveló hace poco una investigación de la cadena ABC News en Los Ángeles y diferentes ciudades norteamericanas.

Pero eso sí no lo muestra Hollywood. Ni de eso se da cuenta Donald Trump. El hombre al frente de la Casa Blanca tiene sus ojos puestos en Colombia, pero no en las pantallas de su cine y televisión.

 

Más que sorprendernos por los estragos del huracán Irma, su estela de destrucción y las tremendas inundaciones que dejó en varias zonas de la península de la Florida, deberíamos empezar a acostumbrarnos a ello. El paso de la poderosa tormenta no es más que el abrebocas de lo que viene para todo el planeta en las próximas décadas o, si quieren ser optimistas, en los siglos por venir.

 

No me refiero al ciclón, a los tremendos vientos ni a los temporales que lo acompañan. Hablo más bien de las inundaciones y la incertidumbre en las que Irma sumió a una inmensa región del planeta y que, con el calentamiento global, serán pan de cada día para todo el mundo, sin excepción. 

Ver el corazón financiero de Miami inundado, así como cientos de viviendas en peligro por el incontrolable flujo de las aguas traídas por el huracán, es lo que nos espera de manera permanente cuando, con el incremento de apenas 5 grados centígrados en la temperatura global, los niveles de los océanos crezcan hasta 80 metros. Ya no habrá motobombas que valgan ni diques que contengan el fin de ciudades enteras. Irma solo vino para mostrarnos una ventana hacia el mañana.

El periodista científico Peter Brannen presenta en su libro The Ends of the World (Los finales del mundo) los distintos escenarios que a lo largo de millones de años han configurado las grandes extinciones de las especies que han habitado nuestra Tierra. De manera cruda y poco optimista, el autor plantea que ya estamos apenas a unos cientos de años de nuestro final. La muerte de la civilización que Brannen desmenuza en su libro de una manera sencilla.

¿Qué nos queda por hacer?

El Papa, sin ser santo de mi devoción, dejó en una de sus intervenciones un claro mensaje de protección del medioambiente

El Papa, sin ser santo de mi devoción, dejó en una de sus intervenciones un claro mensaje de protección del medioambiente que ojalá haya sido recogido por quienes hoy día tienen en sus manos la posibilidad de cambiar el norte de las políticas de protección ambiental en el país. ¿Será que sí lo escucharon?

¿Será que el ministro de Ambiente, a quien vimos en varias de las ceremonias papales, le cogerá la pita al patriarca universal cuando dijo “cuánta belleza natural para ser contemplada sin explotarla”?

¿Será que con ese mensaje basta para que el ministro Murillo detenga la licencia que ya anda tramitando la compañía Conoco Philips para hacer la exploración de yacimientos no convencionales de hidrocarburos, mejor conocidos como fracking? 

¿Será que se atreve a revisar con lupa (y ojalá negar) la licencia que ya solicitó la Sociedad Minera de Santander (Minesa) para realizar la explotación subterránea de oro en la zona del páramo de Santurbán?

¿Será que el alcalde Peñalosa, el mismo de la selfi con el papa Francisco, se acuerda del momento en que el pontífice dijo que “es para nosotros una prueba decisiva verificar si nuestra sociedad (...) está en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo”? ¿Será que después de eso sigue con ganas de sustraer de la reserva de los cerros orientales toda una franja para beneficiar a los constructores? ¿Será que ya no buscará “desvalijar” la reserva Van der Hammen? ¿Será que abandona su empeño de llenar la ciudad con buses contaminantes?

Están muy bien los aplausos, las misas multitudinarias y hasta las selfis (lagartas) con el Papa, pero sería más honesto trabajar en la línea de su pensamiento. Admirar a Francisco no solo es posar junto a él como si fuera Britney Spears o Justin Bieber, porque, de ser así, todos son unos hipócritas.

#PreguntaSuelta: ¿de verdad, ustedes no creen que desde algunas iglesias van a pedir el mismo tratamiento preferencial y multimillonario que el Estado colombiano le dio al papa Francisco?

JUAN PABLO CALVÁS

“El mundo ya no admite falsas divisiones entre ciencias y humanidades. Todas las carreras deberán adaptarse a los nuevos paradigmas”. Ismael Cala.

Vivimos una época de transformaciones tecnológicas que marcan el rumbo de la humanidad. Sin embargo, esto no significa que el futuro pertenezca solamente a los “hombres y mujeres de la ciencia”, como durante un tiempo nos hicieron creer. Hay espacio para muchos otros perfiles.

En el siglo XIX –se dice–, el éxito acompañó a los más esforzados, y en el XX a los más inteligentes; pero el XXI es el de la creatividad y la innovación. ¿Qué repercusiones tiene este cambio para la educación y el empleo?

Darlene Damm, profesora de Singularity University, cita lo sucedido en Estados Unidos desde el año 2000: los robots podrían haber asumido el 85% de los cinco millones de empleos industriales perdidos.

¿Cómo deberían gestionar la situación las personas en edad de elegir carrera?

La clave podría sorprender a más de uno. “Harvard Business Review” aseguró recientemente que las humanidades son el futuro de la economía digital y la tecnología: “Desde Silicon Valley hasta el Pentágono, la gente empieza a darse cuenta de que para abordar con eficacia los mayores desafíos de la sociedad y la tecnología, necesitamos pensar de manera crítica en su contexto e implicaciones humanas, algo para lo que precisamente están bien preparados los titulados ‘de letras’”.

Como narro en el libro “El poder de escuchar”, en mis años universitarios sufrí discriminación por no elegir una carrera de ciencias. Una vez, en un evento, el entonces gobernante Fidel Castro nos preguntó qué estudiábamos. Mis colegas mencionaron especialidades como Medicina, Derecho, Física Nuclear o Ingeniería, y él los elogió personalmente; salvo a mí. Cuando le dije que cursaba Historia del Arte, se quedó mudo y me miró de abajo hacia arriba, con una clara expresión de indiferencia.

Cuando Castro se retiró, los estudiantes se burlaron de mí. Uno se atrevió a preguntarme para qué servía tal profesión. No tuve respuesta inmediata, porque quedé petrificado. Hoy sí la tengo, y la comparto con quien la quiera escuchar.

El mundo ya no admite falsas divisiones entre ciencias y humanidades. Todas las carreras deberán adaptarse a los nuevos paradigmas. Algunas desaparecerán y nacerán otras más ajustadas a las necesidades del mercado laboral.

Como han demostrado los grandes emprendedores de nuestra época, tampoco será obligatorio exhibir un título, como si de un trofeo de guerra se tratara. Lo importante serán las capacidades, la comprensión de los problemas y la creatividad.

La discusión sobre la inteligencia artificial (IA) está candente, pero no es nueva. El cine la ha usado como tema, con algo de terror. En '2001: odisea del espacio', de Stanley Kubrick, el computador inteligente Hal 9000, que gobierna una nave hacia Júpiter con cinco tripulantes (tres en hibernación), desarrolla un plan diabólico para tomársela. Asesina a uno de los dos tripulantes que había salido a arreglar un falso daño, y cuando el otro va a rescatarlo asesina a los otros tres. Finalmente, el sobreviviente logra entrar a la nave y desconecta las tarjetas de memoria mientras el computador implora piedad y pierde, una a una, sus funciones cognitivas.

Alan Turing predijo que habría inteligencia artificial cuando alguien, a ciegas, no pudiera distinguir si estaba hablando con un computador o con otro humano. Hace poco vimos a Raj Koothrappali en 'The Big Bang Theory' enamorarse de Siri (la voz del iPhone), y en la película 'Ella' vimos a un soltero de 35 años que se enamora del sistema operativo de su computador.

Desde que John McCarthy se inventó el término, en 1956, ha habido desarrollos y se han manifestado expertos y pensadores a favor y en contra. Recientemente lo hicieron Elon Musk, dueño de Tesla y promotor de los autos sin conductor, y Mark Zuckerberg, dueño de Facebook y quien adquirió la compañía de IA Meta, con el objetivo de curar enfermedades, conectar a las personas y mejorar las comunidades. 

Musk ve un futuro apocalíptico parecido al que prometía Hal 9000 (aunque su compañía de autos inteligentes prevé que los accidentes se acabarán el día que no haya más conductores humanos). Zuckerberg es optimista y predice potencialidades como el cambio de la medicina con computadores que diagnostiquen precisamente y robots que hagan cirugías muy precisas.

Es razonable suponer que en paralelo con la IA se desarrollará una moral artificial que, adicionalmente, será incapaz de decirse mentiras a sí misma (lo que nosotros sí sabemos hacer muy bien)

 

Steven Pinker nos hace un llamado a preocuparnos por el cambio climático, por la amenaza nuclear, por los patógenos resistentes a los antibióticos y por movimientos neofascistas, pero no por una IA que supuestamente nos vaya a esclavizar. El fundador de Coursera (compañía que promueve cursos virtuales gratuitos) compara esa preocupación con la que tendríamos por una futura superpoblación de Marte. En cambio, Stephen Hawking alerta por el riesgo de que se desplace gran parte del trabajo humano y se generen conflictos sociales no vistos.

La IA es un agente que percibe su entorno y lleva a cabo acciones que maximizan las posibilidades de éxito gracias a su información, a su capacidad de aprender por sí misma y al uso de una lógica formal análoga al pensamiento humano. En realidad, la IA ya está con nosotros. En 1997, Gari Kaspárov perdió una partida de ajedrez contra el computador Deep Blue y en 2016, un programa le ganó cinco a cero al triple campeón europeo de Go.

Los temores sobre la ‘moralidad’ del computador son justificados, pero hay que comprender que el programa siempre funcionará con los limitantes que le introduzca su programador. Si estos son los mismos a los que ha llegado la humanidad (digamos, los contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos), es razonable suponer que en paralelo con la IA se desarrollará una moral artificial que, adicionalmente, será incapaz de decirse mentiras a sí misma (lo que nosotros sí sabemos hacer muy bien).

El temor a la desocupación y a que nos quedemos sin oficio me parece equivocado. Si la IA asume tareas repetitivas y aburridoras y si ayuda a proporcionar alimentación, energía y abrigo para todos, nos dejará con total libertad para jugar, imaginar y crear. Sería tal vez un regreso a las cavernas, donde una población de humanos con refugio y suficiente leña y alimentos para pasar el invierno se puso a dibujar en las paredes.

POR: MOISÉS WASSERMAN.

El control de los hombres sobre las mujeres está extendido en la música, en una sociedad que, en el caso de la española, por ejemplo, el 33 % de jóvenes de entre 15 y 29 años considera inevitable o aceptable en algunas circunstancias "controlar" a su pareja.
 

La gran popularidad del reguetón entre los jóvenes ha puesto en el punto de mira las letras de sus canciones y el machismo que algunas transmiten, pero esta tendencia no es exclusiva de este género. Más allá de "Despacito" o del polémico Maluma, el pop y el rock tampoco se libran del sexismo.

Y tampoco las mujeres cantantes están exentas de caer en este machismo musical imperante: polémica fue "Hey Mama", del DJ David Guetta y que canta la trinitense Nicki Minaj, cuya letra en castellano dice: "Sí, yo hago la comida; sí, yo limpio" o "Sí, tú eres el jefe y sí, y yo lo respeto".

Porque el machismo o el control de los hombres sobre las mujeres está extendido en la música, en una sociedad que, en el caso de la española, por ejemplo, el 33 % de jóvenes de entre 15 y 29 años considera inevitable o aceptable en algunas circunstancias "controlar" a su pareja, según datos del informe "Percepción de la violencia de género en la adolescencia y la juventud", de 2015.

En la actualidad, el foco recae con especial atención en el reguetón que los jóvenes escuchan "en bucle" con letras como "Bonita", del colombiano J Balvin: "Y esto no para hasta que estés sin conciencia / hay que perder la paciencia y que sueltes las piernas".

También muy popular es el rap, otra variedad musical que, al igual que los ritmos latinos, recoge machismos. En España, el rapero Costa rima en la canción "Labios tatuados": "La pego y la araño, en el club o el baño / no voy a dejar de darte hasta que te haga daño".

En enero de 2016, colectivos feministas lograron la cancelación de uno de sus conciertos en Ciudad Real (centro) porque sus letras "dañan la dignidad de las mujeres por su alto contenido violento", según sostenía un colectivo feminista.

Además, la Asamblea Feminismos alertaba de que existe "un grave problema" mientras personas "como estas hagan este tipo de agresiones verbales camuflándolas en el arte de rapear o cantar".

Pero tampoco hay que remontarse al pasado año para encontrar en esta corriente musical actitudes machistas que, en algunos casos, se erradican con la cancelación de espectáculos también a iniciativa de instituciones públicas.

Ya en el plano internacional, el mundialmente conocido Eminem también continúa en esta tendencia sexista "rapeando" en la canción "Vegas": "Puta, tienes que salir corriendo / e ir a buscar a tus fresquitas amigas" u otros versos como "Y hacerme el desayuno, perra, eso es un requisito previo".

Más cercana al pop fue "Blurred Lines", una de las canciones del verano de 2013, interpretada por Robin Thicke y Pharrell, que causó una gran polémica por su letra "Yo sé que lo quieres", en inglés "I know you want it".

La frase fue criticada como una apología a la violación al insinuar que la percepción del hombre prima sobre el consentimiento de la mujer. El videoclip del tema también se llevó reproches, ya que en él los intérpretes aparecen rodeados de mujeres que están vestidas únicamente con la parte inferior de su ropa interior.

Juan Aguirre, componente del dúo Amaral, pone desde hace tiempo el foco en el machismo no solo de las letras, sino de la industria musical en sí, según señaló a Efe.

"El mundo del rock es muy machista, lo he descubierto trabajando junto a una mujer. Cuando se habla de Pereza o Estopa, nadie piensa que uno es el genio y el otro el que tiene la voz, y con nosotros pasaba", lamentaba el guitarrista en una entrevista con Efe.

Porque la música española no se salva tampoco, con ejemplos de míticos temas como "Corazón de tiza" (1990), de Radio Futura, y sus versos: "Y si te vuelvo a ver pintar / un corazón de tiza en la pared / te voy a dar una paliza por haber / escrito mi nombre dentro".

Y La Unión decía en "Fueron los celos" en 1990: "Solo pretendía guardar / algo de mi posesión / Fueron los celos / y no yo".

Y Loquillo cantaba en 1987, en el tema más polémico de la música española, titulado "La mataré": "Que no la encuentre jamás / o sé que la mataré. / Por favor sólo quiero matarla. / A punta de navaja / Besándola una vez más".

Aunque no todo lo que reluce en la música es sexismo, esta también puede usarse como un alegato feminista que busca la igualdad. Es el caso del gran éxito "Ain't your mama", canción escrita por Meghan Trainor e interpretada por Jennifer Lopez, que denuncia los estereotipos de género en la sociedad.

La artista estadounidense de origen puertorriqueño, conocida como JLo, entona: "No voy a cocinarte todo el día, no soy tu madre, no lavaré tu ropa, no soy tu madre...¿Cuándo te harás cargo de tus cosas?".  (Fuente : El Espectador)

Por: Luis Carlos Vélez

 

Quiero empezar dejando claro que considero que el expresidente Álvaro Uribe se equivocó. No hay manera de justificar que Daniel Samper Ospina es un violador de niños. No lo es. Tratar de ajustar esa afirmación al hecho de que por medio de sus escritos o trabajos ha violado los derechos de los menores, es un asalto a la razón. El trino del presidente Uribe ha generado odio y amenazas y en cualquier lugar del mundo es, innegablemente, un hecho peligroso.

Daniel Samper no es inocente. El exdirector de la revista Soho tiene una de las páginas más leídas en la revista Semana, que es sin lugar a dudas la más importante del país. Sus escritos influyen, construyen imágenes y ayudan a formar la opinión del país, por eso, aunque su expresión sea a través del humor, no significa que esté eximido de trabajar con altura, responsabilidad, principios y autocontrol. Samper exagera en los defectos físicos de las personas, desde Soho alimentó el odio a personajes públicos en segmentos como: “lo que odio de”, y parapetado en la supuesta sátira, lanza la piedra y esconde la mano. He visto como, amigos de él, que hoy gallardamente firman la carta que lo apoya, con lágrimas en los ojos leían indignados las burlas en las que en sus columnas los sometía. Nada de eso es un chiste.

En Colombia, muchos se esconden en la llamada libertad de prensa y el humor para calumniar, insultar, atacar y estigmatizar. Es la verdad. El humor chabacano no es periodismo y el humor que calumnia y ofende, no es humor.

La libertad de prensa no significa libertinaje y también debe ejercerse dentro de los parámetros de la legalidad y sobre todo del buen periodismo, uno que se define principalmente como responsable. Claro que se puede tener una opinión, pero hasta los más crudos opinadores se rigen por parámetros legales, del buen gusto y el buen periodismo. Negar esto ultimo es ignorar que lo que hacemos todos puede ser mucho mejor.

Creo profundamente en el humor, estoy convencido de que es una gran herramienta de crítica y reflexión. Como referencia de la manera en que en otras latitudes se abordan la polarización y momentos álgidos de la política a través de la mirada de la sátira, es bueno voltear la mirada a EE.UU. S.N.L. se ha vuelto referente en la discusión política en la era de Trump. Sin pelos en la lengua, pero con altura, carácter y sobre todo mensaje, el programa ha llevado a muchos a confiar más en su propuesta que en los medios tradicionales.

Este triste y preocupante episodio debe servir para que todos los periodistas y opinadores hagamos un ejercicio de reflexión. Teniendo en cuenta que nuestros mercados cada vez se hacen más pequeños y que la desconfianza en lo que hacemos ha alcanzado niveles históricos, estamos obligados a enfrentar este momento con humildad y autocrítica. La cordura es tal vez la única herramienta que nos permitirá atravesar este año electoral que se viene y que por lo visto será poco menos que insoportable.