Varios estudios plantean la relación directa entre el cambio climático, los terremotos y huracanes.

La comunidad científica había llegado al convencimiento de que los terremotos no tenían relación con el cambio climático. No obstante, con ocasión de los seísmos de México, la preocupación ha vuelto. Y todo parece indicar que se comprueba una vez más que todo tiene que ver con todo. Las ciencias de la Tierra son complejas, y en su dinámica intervienen variables de orden físico y químico. A esto hay que agregar el factor humano.

 
 

Naomi Oreskes analizó cerca de mil artículos científicos sobre cambio climático en 2004, y el resultado fue que ninguno ponía en duda la injerencia del hombre en el problema. De manera que asistimos a la primera era geológica en que una especie, la nuestra, ha modificado irreversiblemente las condiciones físicas y químicas de la Tierra. Por eso, el debate sobre si los terremotos se pueden acentuar debido al calentamiento ha vuelto a ocupar la atención de los científicos.

Asistimos a la primera era geológica en que una especie, la nuestra, ha modificado irreversiblemente las condiciones físicas y químicas de la Tierra.

Quizá el primero en publicar sobre el asunto fue el investigador Chi-Ching Liu, del Instituto de Ciencias de la Tierra de Taipéi. Escribió en la revista Nature (2009) que había una relación entre los tifones que atraviesan Taiwán y los pequeños terremotos bajo la isla. Shimon Wdowinski, de la Universidad de Miami, cree que las lluvias torrenciales (caso Miami, 2017) inciden en los terremotos. Anotó que muchos de estos suceden luego de poderosos huracanes o tifones (casos Haití, 2010 y Nepal, 2015). Otros, como Hugh Tuffen, de la Universidad de Lancaster, y Freysteinn Sigmundsson, del Centro de Vulcanología Nórdica, están relacionando la actividad de los volcanes con el aumento de la temperatura promedio de la Tierra. Pero, quizá quien va más lejos es Bill McGuire, un académico recientemente nombrado profesor emérito de Geophysical & Climate Hazards en University College of London. Publica un libro (Waking the Giant: How a Changing Climate Triggers Earthquakes, Tsunamis, Oxford University Press, 2012) en el que plantea la relación directa entre el cambio climático, los terremotos, los huracanes y tsunamis.

En realidad, nada de esto debería extrañarnos si tenemos en cuenta la unidad sistémica de la Tierra, ya documentada por Lovelock en su teoría Gaia (1984). Mucho menos si recordamos a Whitman (siempre la clarividencia de la poesía): “Para mí, una hoja de hierba no es menos que la trayectoria de las estrellas”.
Por: Manuel Guzmán Hennessey

@guzmanhennessey

La inteligencia artificial (IA) es una tecnología que se viene mencionando desde que este término fue creado por John Mcarthy en 1955 y se está convirtiendo en algo que las empresas van a tener que considerar para su crecimiento y sostenibilidad. IA es inteligencia exhibida por máquinas, y este término se aplica hoy cuando una máquina ofrece funciones cognitivas asociadas a mentes humanas, tales como aprendizaje y resolución de problemas.

En un estudio realizado por Boston Consulting Group y MIT Sloan Management Review, publicado a comienzos de este mes, queda en evidencia que la IA ya está siendo considerada una variable empresarial muy importante. El 84 % de los entrevistados en el estudio sostiene que esta les va a permitir a sus empresas obtener o mantener ventajas competitivas. El 83 % afirma que la IA se ha convertido en una estrategia prioritaria para sus empresas y el 75 % dice que les va a facilitar su movida a nuevos negocios.

Con IA se pueden reemplazar labores cotidianas. Una de ellas, la atención a los clientes. Con esto me refiero a cualquier tema en que los usuarios necesiten respuestas por teléfono, como las que se obtienen en un ‘call center’, con la diferencia de que quien contesta no sería una persona sino una aplicación en un computador. Esto se podría usar en empresas de aviación, como Avianca, para atender reclamos por la huelga de pilotos, por ejemplo.

Hay empresas extranjeras que están utilizando máquinas que aprenden sobre las personas, basadas en la gran cantidad de datos que se generan sobre ellas, para predecir cómo va a pedir un cliente una hipoteca, según su comportamiento en diferentes escenarios en los que manejan dinero.

Los usos de la IA en las empresas aún no son del todo claros; hay que tener presente que son máquinas y aplicaciones que aprenden, hablan como seres humanos y pueden resolver problemas. Esto toca tenerlo en cuenta para lo que se viene en el mundo empresarial y los clientes.

Por : Guillermo Santos Calderón.

Un osito de peluche metiendo coca. Un campeón olímpico metiendo coca. Un capitán de avión metiendo coca. Un corredor de Wall Street metiendo coca. Un ingeniero robótico metiendo coca. Un grupo de amigas metiendo coca. Unos estudiantes de leyes metiendo coca. El ‘hacker’ más brillante metiendo opio y coca. Hollywood se ha convertido en la mayor máquina de promoción de las drogas, pero ahí sí los gringos se hacen los de la vista gorda.

Porque mientras Trump amenaza a Colombia con la descertificación por el aumento de las matas de coca, olvida que en California está la gran agencia de publicidad de las drogas. Y es que ningún producto –por bueno que sea– logra ser así de exitoso sin una buena campaña de publicidad, propaganda y mercadotecnia.

¿O quién no ha visto a Scarlett Johansson meter coca en su última película, como si fuera lo más sexi y divertido del planeta? ¿O quién no ha visto a Denzel Washington meter perico antes de pilotear un avión, y luego evitar valientemente que se destutane contra la tierra? ¿O quién no ha visto a Leonardo DiCaprio esnifar línea tras línea en ‘El lobo de Wall Street’, y luego tener el mejor sexo del planeta?

¿Han visto una película donde aparece un osito de peluche metiendo coca? ¡Un oso de peluche! El mismo que tienen mis hijos y cientos de niños en el mundo, pero que a Hollywood se le ocurre ponerlo a meter coca y marihuana como si fuera lo más divertido, juguetón y entretenido.

Eso es Hollywood: una máquina de promoción de la coca como no se veía desde las épocas glamurosas del cigarrillo. Una industria que nos vende porquerías como lo más sexi, erótico, entretenido y divertido del universo. Una publicidad constante del gran coctel molotov favorito de nuestros juristas y políticos: drogas, rumba, plata y sexo.

Si no fuera por Hollywood, las matas de coca no proliferarían como arroz. Si no fuera por sus películas, series y estrellas, no habría tantos consumidores dispuestos a pagar entre 60 y 80 dólares por gramo de cocaína. Si no fuera por su bombardeo constante de imágenes, las drogas no tendrían semejante demanda ni nosotros tendríamos que lidiar con todas esas hectáreas.

Lo que no cuenta Hollywood, sin embargo, es cómo hacen para transformar esas matas en polvo blanco: mezclándoles acetona, ácido sulfúrico, kerosene, gasolina, hipoclorito de sodio, carbonato de potasio, amoniaco y todo tipo de químicos y porquerías que son dañinas para la salud y son las que realmente los terminan matando.

También olvidan contar cómo la calidad de la cocaína colombiana es cada vez peor: la última moda es mezclarla con drogas veterinarias, con opioides letales –como el fentanilo– y con drogas para el corazón. Hasta con carne humana, según reveló hace poco una investigación de la cadena ABC News en Los Ángeles y diferentes ciudades norteamericanas.

Pero eso sí no lo muestra Hollywood. Ni de eso se da cuenta Donald Trump. El hombre al frente de la Casa Blanca tiene sus ojos puestos en Colombia, pero no en las pantallas de su cine y televisión.

 

Más que sorprendernos por los estragos del huracán Irma, su estela de destrucción y las tremendas inundaciones que dejó en varias zonas de la península de la Florida, deberíamos empezar a acostumbrarnos a ello. El paso de la poderosa tormenta no es más que el abrebocas de lo que viene para todo el planeta en las próximas décadas o, si quieren ser optimistas, en los siglos por venir.

 

No me refiero al ciclón, a los tremendos vientos ni a los temporales que lo acompañan. Hablo más bien de las inundaciones y la incertidumbre en las que Irma sumió a una inmensa región del planeta y que, con el calentamiento global, serán pan de cada día para todo el mundo, sin excepción. 

Ver el corazón financiero de Miami inundado, así como cientos de viviendas en peligro por el incontrolable flujo de las aguas traídas por el huracán, es lo que nos espera de manera permanente cuando, con el incremento de apenas 5 grados centígrados en la temperatura global, los niveles de los océanos crezcan hasta 80 metros. Ya no habrá motobombas que valgan ni diques que contengan el fin de ciudades enteras. Irma solo vino para mostrarnos una ventana hacia el mañana.

El periodista científico Peter Brannen presenta en su libro The Ends of the World (Los finales del mundo) los distintos escenarios que a lo largo de millones de años han configurado las grandes extinciones de las especies que han habitado nuestra Tierra. De manera cruda y poco optimista, el autor plantea que ya estamos apenas a unos cientos de años de nuestro final. La muerte de la civilización que Brannen desmenuza en su libro de una manera sencilla.

¿Qué nos queda por hacer?

El Papa, sin ser santo de mi devoción, dejó en una de sus intervenciones un claro mensaje de protección del medioambiente

El Papa, sin ser santo de mi devoción, dejó en una de sus intervenciones un claro mensaje de protección del medioambiente que ojalá haya sido recogido por quienes hoy día tienen en sus manos la posibilidad de cambiar el norte de las políticas de protección ambiental en el país. ¿Será que sí lo escucharon?

¿Será que el ministro de Ambiente, a quien vimos en varias de las ceremonias papales, le cogerá la pita al patriarca universal cuando dijo “cuánta belleza natural para ser contemplada sin explotarla”?

¿Será que con ese mensaje basta para que el ministro Murillo detenga la licencia que ya anda tramitando la compañía Conoco Philips para hacer la exploración de yacimientos no convencionales de hidrocarburos, mejor conocidos como fracking? 

¿Será que se atreve a revisar con lupa (y ojalá negar) la licencia que ya solicitó la Sociedad Minera de Santander (Minesa) para realizar la explotación subterránea de oro en la zona del páramo de Santurbán?

¿Será que el alcalde Peñalosa, el mismo de la selfi con el papa Francisco, se acuerda del momento en que el pontífice dijo que “es para nosotros una prueba decisiva verificar si nuestra sociedad (...) está en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo”? ¿Será que después de eso sigue con ganas de sustraer de la reserva de los cerros orientales toda una franja para beneficiar a los constructores? ¿Será que ya no buscará “desvalijar” la reserva Van der Hammen? ¿Será que abandona su empeño de llenar la ciudad con buses contaminantes?

Están muy bien los aplausos, las misas multitudinarias y hasta las selfis (lagartas) con el Papa, pero sería más honesto trabajar en la línea de su pensamiento. Admirar a Francisco no solo es posar junto a él como si fuera Britney Spears o Justin Bieber, porque, de ser así, todos son unos hipócritas.

#PreguntaSuelta: ¿de verdad, ustedes no creen que desde algunas iglesias van a pedir el mismo tratamiento preferencial y multimillonario que el Estado colombiano le dio al papa Francisco?

JUAN PABLO CALVÁS

“El mundo ya no admite falsas divisiones entre ciencias y humanidades. Todas las carreras deberán adaptarse a los nuevos paradigmas”. Ismael Cala.

Vivimos una época de transformaciones tecnológicas que marcan el rumbo de la humanidad. Sin embargo, esto no significa que el futuro pertenezca solamente a los “hombres y mujeres de la ciencia”, como durante un tiempo nos hicieron creer. Hay espacio para muchos otros perfiles.

En el siglo XIX –se dice–, el éxito acompañó a los más esforzados, y en el XX a los más inteligentes; pero el XXI es el de la creatividad y la innovación. ¿Qué repercusiones tiene este cambio para la educación y el empleo?

Darlene Damm, profesora de Singularity University, cita lo sucedido en Estados Unidos desde el año 2000: los robots podrían haber asumido el 85% de los cinco millones de empleos industriales perdidos.

¿Cómo deberían gestionar la situación las personas en edad de elegir carrera?

La clave podría sorprender a más de uno. “Harvard Business Review” aseguró recientemente que las humanidades son el futuro de la economía digital y la tecnología: “Desde Silicon Valley hasta el Pentágono, la gente empieza a darse cuenta de que para abordar con eficacia los mayores desafíos de la sociedad y la tecnología, necesitamos pensar de manera crítica en su contexto e implicaciones humanas, algo para lo que precisamente están bien preparados los titulados ‘de letras’”.

Como narro en el libro “El poder de escuchar”, en mis años universitarios sufrí discriminación por no elegir una carrera de ciencias. Una vez, en un evento, el entonces gobernante Fidel Castro nos preguntó qué estudiábamos. Mis colegas mencionaron especialidades como Medicina, Derecho, Física Nuclear o Ingeniería, y él los elogió personalmente; salvo a mí. Cuando le dije que cursaba Historia del Arte, se quedó mudo y me miró de abajo hacia arriba, con una clara expresión de indiferencia.

Cuando Castro se retiró, los estudiantes se burlaron de mí. Uno se atrevió a preguntarme para qué servía tal profesión. No tuve respuesta inmediata, porque quedé petrificado. Hoy sí la tengo, y la comparto con quien la quiera escuchar.

El mundo ya no admite falsas divisiones entre ciencias y humanidades. Todas las carreras deberán adaptarse a los nuevos paradigmas. Algunas desaparecerán y nacerán otras más ajustadas a las necesidades del mercado laboral.

Como han demostrado los grandes emprendedores de nuestra época, tampoco será obligatorio exhibir un título, como si de un trofeo de guerra se tratara. Lo importante serán las capacidades, la comprensión de los problemas y la creatividad.

La discusión sobre la inteligencia artificial (IA) está candente, pero no es nueva. El cine la ha usado como tema, con algo de terror. En '2001: odisea del espacio', de Stanley Kubrick, el computador inteligente Hal 9000, que gobierna una nave hacia Júpiter con cinco tripulantes (tres en hibernación), desarrolla un plan diabólico para tomársela. Asesina a uno de los dos tripulantes que había salido a arreglar un falso daño, y cuando el otro va a rescatarlo asesina a los otros tres. Finalmente, el sobreviviente logra entrar a la nave y desconecta las tarjetas de memoria mientras el computador implora piedad y pierde, una a una, sus funciones cognitivas.

Alan Turing predijo que habría inteligencia artificial cuando alguien, a ciegas, no pudiera distinguir si estaba hablando con un computador o con otro humano. Hace poco vimos a Raj Koothrappali en 'The Big Bang Theory' enamorarse de Siri (la voz del iPhone), y en la película 'Ella' vimos a un soltero de 35 años que se enamora del sistema operativo de su computador.

Desde que John McCarthy se inventó el término, en 1956, ha habido desarrollos y se han manifestado expertos y pensadores a favor y en contra. Recientemente lo hicieron Elon Musk, dueño de Tesla y promotor de los autos sin conductor, y Mark Zuckerberg, dueño de Facebook y quien adquirió la compañía de IA Meta, con el objetivo de curar enfermedades, conectar a las personas y mejorar las comunidades. 

Musk ve un futuro apocalíptico parecido al que prometía Hal 9000 (aunque su compañía de autos inteligentes prevé que los accidentes se acabarán el día que no haya más conductores humanos). Zuckerberg es optimista y predice potencialidades como el cambio de la medicina con computadores que diagnostiquen precisamente y robots que hagan cirugías muy precisas.

Es razonable suponer que en paralelo con la IA se desarrollará una moral artificial que, adicionalmente, será incapaz de decirse mentiras a sí misma (lo que nosotros sí sabemos hacer muy bien)

 

Steven Pinker nos hace un llamado a preocuparnos por el cambio climático, por la amenaza nuclear, por los patógenos resistentes a los antibióticos y por movimientos neofascistas, pero no por una IA que supuestamente nos vaya a esclavizar. El fundador de Coursera (compañía que promueve cursos virtuales gratuitos) compara esa preocupación con la que tendríamos por una futura superpoblación de Marte. En cambio, Stephen Hawking alerta por el riesgo de que se desplace gran parte del trabajo humano y se generen conflictos sociales no vistos.

La IA es un agente que percibe su entorno y lleva a cabo acciones que maximizan las posibilidades de éxito gracias a su información, a su capacidad de aprender por sí misma y al uso de una lógica formal análoga al pensamiento humano. En realidad, la IA ya está con nosotros. En 1997, Gari Kaspárov perdió una partida de ajedrez contra el computador Deep Blue y en 2016, un programa le ganó cinco a cero al triple campeón europeo de Go.

Los temores sobre la ‘moralidad’ del computador son justificados, pero hay que comprender que el programa siempre funcionará con los limitantes que le introduzca su programador. Si estos son los mismos a los que ha llegado la humanidad (digamos, los contenidos en la Declaración Universal de Derechos Humanos), es razonable suponer que en paralelo con la IA se desarrollará una moral artificial que, adicionalmente, será incapaz de decirse mentiras a sí misma (lo que nosotros sí sabemos hacer muy bien).

El temor a la desocupación y a que nos quedemos sin oficio me parece equivocado. Si la IA asume tareas repetitivas y aburridoras y si ayuda a proporcionar alimentación, energía y abrigo para todos, nos dejará con total libertad para jugar, imaginar y crear. Sería tal vez un regreso a las cavernas, donde una población de humanos con refugio y suficiente leña y alimentos para pasar el invierno se puso a dibujar en las paredes.

POR: MOISÉS WASSERMAN.